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jueves, 16 de junio de 2011

De los barcos y galeones españoles al avión y al internet

Por: Bernardo Mejía Arango.



Nunca se imaginaron nuestros ancestros españoles de los siglos XV y XVI, que los dos meses y un poco más que a ellos les tomaba para llegar a lo que llamaban las Indias y que luego descubrieron que era un nuevo continente donde sus descendientes se aposentarían, en un viaje tedioso en un barco con no muchas comodidades y si muchas privaciones, ahora se hace en cuestión de diez u once horas y en un medio de transporte que ellos no conocieron: el avión. Ellos y los primeros españoles en llegar a América, vieron en cada uno de sus viajes muchos amaneceres y muchos atardeceres antes de divisar la nueva tierra. Esto le debió suceder a don Domingo Antonio de Arango y Valdés y a don Alonso Mejía de Tobar Montoya, quienes trajeron nuestros apellidos a Colombia.


Nunca se imaginaron estos hidalgos españoles, que para sus descendientes, nosotros, llegar físicamente desde América a sus pueblos natales en Pravia en Asturias y Villacastín en Castilla y León, lo podemos hacer en menos de un día, posiblemente sin ver una puesta del sol. Esa es la tecnología, la que no conocieron nuestros ancestros. El solo pensarlo, para ellos, podría haber sido considerado cosa de brujería, igualmente podría habérsele considerado una herejía. Nunca se imaginaron nuestros ancestros españoles, que algún día fuera posible ver a una persona y conversar con ella estando en un sitio distante del planeta tierra, que para ellos era plana y no conocían sus confines, inquietud que motivó a Colon para iniciar, cuando supuso que esto no era cierto, sus famosos viajes con destino a lo que ellos llamaban las Indias.


Nuestros ancestros allá en la España del siglo XVI, no sabían que la tierra era redonda ni que el paneta giraba alrededor del sol. Pensar en esa época que dos personas podrían verse desde lejos utilizando lo que hoy llamamos internet, era cuestión de brujería, podrían haber sido quemados vivos en la hoguera, ya que en los tiempos en que nuestros ancestros se desplazaban a estas tierras, estaba en furor la Inquisición Española creada por el Papa Sixto IV en 1.478 y la Inquisición Romana o Santo Oficio, creada por el Papa Pablo III en 1.542. A finales del siglo XVI, la teoría del heliocentrismo, que decía que la tierra giraba alrededor del sol, propuesta por Nicolás Copérnico y demostrada por Galileo Galilei, se convirtió en el enemigo número uno de la Iglesia Católica. Hasta ese entonces primaba la teoría de Ptolomeo que decía que el sol giraba alrededor de la tierra. La teoría de Copérnico fue condenada, según la iglesia, por su insensatéz, se consideró un absurdo en filosofía y era formalmente herética por la Inquisición Romana y por el Papa Pablo V. Así fue que el 21 de junio de 1.633, Galileo es condenado a prisión perpetua por pregonar entre otras cosas que la tierra giraba alrededor del sol; fue obligado a retractarse de sus ideas. De "chiripas" se salvo de ser asado en una hoguera.


Ahora, en cuestión de minutos me comunico con mis "parientes" lejanos, los Arango quienes nunca se vinieron de Asturias y con los Arango y los Mejía que se fueron en la última década a España como parte de una oleada migratoria, 355 años después de que el primer Arango llegara a Colombia y 401 años después de que lo hiciera don Juan Mejía de tobar Montoya, el primer Mejía de nuestra familia en llegar a este país.


Se podría decir que aunque hubo muchos avances y descubrimientos, nunca la ciencia avanzó a pasos tan agigantados desde que concluyó el oscurantismo medieval y surgió el renacimiento, como los que se han venido dando desde el reinado de la electrónica, la rama de la física y la ingeniería, que estudia y emplea sistemas cuyo funcionamiento se basa en el control del flujo microscópico de los electrones u otras partículas cargadas eléctricamente y una de cuyas aplicaciones más recientes está dada en las telecomunicaciones.


Nuestros ancestros españoles vivieron pues, en la época del rezago del oscurantismo que acompañó a la edad media, desde el siglo V, hasta los siglos XVI y XVII; aunque se habían logrado muchos avances en la ciencia durante el renacimiento, muchos de ellos eran considerados cosa de brujería y herejía.


A partir de 1904 se considera que surgió la electrónica como tal, con el manejo de los átomos, electrones, diodos, emisiones termoiónicas, etc. En 1906, con la invención del tríodo, nacieron las amplificaciones del sonido y receptores de radio y televisión. En 1948 se inventó el transistor que es el dispositivo utilizado actualmente para la mayoría de aplicaciones de la electrónica.


Yo nací en 1951, apenas tres años después de inventado el transistor. En 1958 se utilizó el primer circuito integrado, yo tenía siete años de edad y estaba en primer año de escuela primaria. Cuando mi madre me llevó para matricularme por primera vez para iniciar la educación primaria; tenía seis años, no me aceptaron en la escuela porque en ese entonces uno debía tener siete años cumplidos para poder cursar el primer año de primaria. Que tal? En esos tiempos ni siquiera se conocía la estimulación temprana en el vientre de la madre, no existían las ecografías, no había preescolares ni jardines infantiles. A los siete años uno era, como dicen los paisas, una "bestia".


Hoy día, los niños de siete años, sin saber los fundamentos de la electrónica, manejan toda clase de productos de la misma, desde un simple aparato de televisión, pasando por un teléfono celular, hasta llegar al "Xbox", diabólica invención a los ojos de los monjes oscurantistas medievales, donde las figuras que estan dentro de un televisor, se mueven obedeciendo los movimientos de quien está fuera y enfrente del aparato; no joda!, qué dirían nuestros ancestros! Este tipo de brujería la he visto en los grandes almacenes de cadena: uno ve unos "chinos" brincando enfrente de un aparato como si estuvieran convulsionando; no, están simplemente jugando.


Pues bien, hacia 1970 cuando se desarrolló el primer microprocesador, yo era un joven de 19 años, estaba terminando mi educación secundaria. Uno de los pocos estos avances que apenas llegaba a la gente, era la televisión, que todavía era en blanco y negro.


A mi generación le ha tocado la transición de cero o casi cero en tecnología, pasando por el desarrollo de la electrónica, hasta lo que tenemos y disfrutamos hoy en día. Me considero un afortunado por ello.


Mi familia, en mi infancia, fue una familia de extracción campesina. Mis padres vivían en Barragán, un caserío de las montañas de Tuluá en la cordillera central en el Valle del Cauca, donde se habían asentado después de un largo trasegar entre otros lugares por La Herrera en el Tolima y El Conto (Que así se llamaba el municipio de Restrepo en el Valle del Cauca), después de casarse el 26 de agosto de 1941, en Sevilla. En su deambular de un lado a otro siguiendo la vocación de colonizador y poblador de mi abuelo paterno don Bernardo Mejía Restrepo, estábamos en Barragán, donde sufríamos los embates de la violencia sanguinaria bipartidista, posterior al 9 de abril de 1948 fecha en que fue asesinado Jorge Eliecer Gaitán.


Mi tío Luis Abel Arango, hermano mayor de mi madre, cuando yo era un niño de apenas cinco o seis años, vivió en una casa de dos pisos la cual aún existe y que queda en el costado noroccidental de la plaza o parque del pueblo, allá en Barragán. El primer piso de la casa había sido alquilado por su hermano Jesús María, propietario del inmueble, al ejército nacional; era pues la sede de un batallón. En el segundo piso de la casa, al fondo de la misma quedaba la cocina la que tenía un gran fogón de leña que estaba recostado contra una pared, en la parte superior de la cual había una ventana redonda desde donde se veía el patio del primer piso, donde estaba el batallón. Con frecuencia colocaba unos cajones par ver desde aquella ventana, las cadáveres de los campesinos masacrados a machete y recogidos por la tropa, aún en ropa interior porque seguramente los bandoleros asaltaban las fincas en horas de la noche; tenían toda clase de heridas, algunos sin cabeza.


De allá de Barragán, mi familia emigró un día cualquiera a finales de 1957 o comienzos de 1958, por causa de la violencia y de la zozobra permanente en que vivíamos: que si los liberales, que si los conservadores, que si los "pájaros", que si la "chusma", que ya se tomaban el pueblo. Es decir que cuando se inventó el primer circuito integrado, yo era integrante de una familia de desplazados la cual salió de Barragán con rumbo a Tuluá pero sin saber donde iríamos a parar; así llegamos a la casa del tío Octavio Arango, hermano de mi madre y quien tenía además de la casa, un establo en la entrada del pueblo por los lados de lo que hoy se conoce como Estambul. Allí nos prestaron una habitación para vivir "mientras haber que hacía mi papá".


En los pueblos y ciudades se percibía la violencia pero no con la misma intensidad que en el campo, allá en la montaña seguían las masacres de las que de pronto nos habíamos salvado. Recién llegados a Tuluá, en un mismo día de julio de 1958 se produjo una masacre en dos predios de una vereda llamada Jicaramata, allí murieron siete personas entre ellas el tío Heriberto, hermano de mi madre. El velorio se hizo en casa del tío Luis Abel quien por aquella época ya vivía en Tuluá, en los altos de donde quedaba el Banco de Colombia, todos los muertos eran o parientes o allegados a la familia: siete ataudes en línea. Mi madre no pudo asistir a los funerales: esa madrugada del 17 de julio de 1958, día de sepelio nació Alicia, una de mis hermanas.


En la década de 1950 a 1960, la fuerza corporal y algunas de las experiencias en asuntos agrícolas y pecuarios bastaron a un hombre como mi padre, para levantar una familia. Por ese entonces éramos ocho hermanos de los doce que tuvieron Arturo y Elvia, dos habían muerto en el campo, donde no había recursos. Todavía recuerdo las frases tristes de mi madre cuando decía que Gladys, su primera hijita de apenas unos meses, murió por causa de una infección intestinal y que Arturito, el quinto de sus hijos de apenas siete años, murió de difteria como segunda causa, porque la primera seguramente era la pobreza y la falta de vías de comunicación y de recursos para llegar pronto a un centro hospitalario; mi madre me contó alguna vez que mi padre estaba cortando unas varas de maguey para hacer una camilla para sacar el niño al pueblo más "cercano" que era Tuluá, a muchas horas de camino, cuando ella fué a decirle: "Mijo, el niño acaba de morir". Vivían prácticamente alejados de la civilización, siguiendo el arraigo de pobladores y colonizadores de sus mayores.


Por esa época, Colombia no había llegado al futuro de que hablaba César Gaviria Trujillo en su discurso de posesión el 7 de agosto de 1990; Gaviria al final de su discurso dijo con su voz chillona: "Colombianos, bienvenidos al futuro", el cual seguimos esperando más de veinte años después. La muerte de muchos niños por infecciones bacterianas o virales y de muchas mujeres por causa de infecciones puerperales como ocurrió con mi abuela materna y con muchas mujeres que poblaron nuestras montañas, no hubiera ocurrido en las condiciones tecnológicas y de comunicación actuales.


Y así, sin electrónica llegamos a vivir en Zarzal, en el Valle del Cauca. Mi Padre consiguió empleo en el Ingenio Riopaila. Cuando las primas, hijas del tío Luis Abel Arango iban de visita: Cecilia llevaba un radio transistor para escuchar sus radionovelas favoritas, entre ellas "Lejos del nido" y "Kabir el árabe"; a mi me parecía algo maravilloso que la voz de los personajes saliera de una cajita que además no tenía conexión con la electricidad de un tomacorriente. En casa del tío Luis Abel se gozaba desde las épocas de su finca "Tesorito" en las tierras altas de la cordillera en Tuluá, de toda clase de comodidades, allá había electricidad gracias a una planta Pelton y el tío, quien era "El zar de trigo", importaba toda clase de aparatos eléctricos de Europa. No se me olvida la primera lavadora que tuvieron. En su casa conocí la nevera, y lógicamente el hielo; el hielo me pareció algo maravilloso, ahora puedo comparar mi experiencia, con lo que sintió Aureliano Buendía, cuando su padre lo llevó a conocer el hielo, allá en Macondo, en la novela de Gabriel García Márquez: "Cien Años de Soledad".


Cuando mi padre compró el primer receptor de radio, ya estábamos en la "civilización" y teníamos que estar disfrutando de sus inventos; lo colocamos en una repisa de donde no se debía de mover por lo valioso para esa época. Yo colocaba un cajoncito para poder ganar altura suficiente hasta donde estaba el aparato para escuchar desde comienzo del anochecer las novelas de aventuras de "Tarzán el hombre mono", las "Aventuras de Chan Li Po" y hacia las ocho de la noche "Los Chaparrines" y luego los cuentos cómicos de Evert Castro. Al comenzar de la tarde, no alcanzábamos a escuchar "Las Aventuras de Montecristo", uno de los cómicos más grandes que ha tenido Colombia, porque el programa comenzaba hacia la una y media de la tarde y la entrada a la escuela era a las dos en punto. Yo conservo el radio que ahora tiene mas de cincuenta años y que le costó una "juetera" a Amanda, la menor de mis hermanas, porque por estar jugando lo dejó caer y se le hizo un boquete en su cobertura de pasta.


En el pueblo, en Zarzal, solo una familia, Los LLanos (No los Llano), tenían televisor. No había la tencología de televisión a color, no se conocía el control remoto. Los canales se cambiaban moviendo un botón o dial, el que al comienzo no se usaba pues había un solo canal; la emisión comenzaba a las cinco de la tarde y terminaba a las ocho de la noche. Los LLanos dejaban que los muchachos del vecindario viéramos el "Telecirco Colombina" y si estábamos de buenas, un noticiero que se llamaba "El mundo al vuelo", el cual patrocinaba Avianca. Era el año de 1958.


Poseer una línea telefónica era muy costoso. Los teléfonos eran electromagnéticos, tenían una rueda o dial con unos huecos donde estaban los números del cero al nueve y se debía girar el dial o rueda paulatinamente con cada número hasta completar el número de varios dígitos deseado. Uno podía tener teléfono en la casa, pero tenía que llamar a la operadora en Telecom y pedirle que le comunicara con el número de tal o cual ciudad. Si uno estaba "de buenas" por ahí a la media hora le devolvía la llamada y lo comunicaban. Después se montó el sistema de las cabinas, uno iba a Telecom, pedía a la operadora una llamada, uno se sentaba, al rato lo llamaban a la cabina. Esto se fue acabando paulatinamente. Vinieron los teléfonos de tono y los digitales. Y luego los teléfonos inalámbricos. Yo compré el primero que tuve a comienzos de 1990; cuando mi sobrina Luz Helena se casó en 1997, el regalo de bodas fué un teléfono inalámbrico dizque con 20 canales, era lo ultimo! Era un buen regalo de bodas.


Buscando nuevos horizontes, mi padre decidió que nos mudáramos a Buga, para facilitar nuestra educación académica. El dejaba de ser empleado para comenzar a trabajar en forma independiente. No pasaron mayores avances tecnológicos en la década de 1960. La televisión seguía siendo en blanco y negro pero aparecieron, ya comenzando los años 70´s, los controles remotos. Lo "In" de la época era ir de paseo a San Andrés isla y traer un televisor con control remoto. Bueno, se aprovechaba el viaje para traer una licuadora, que no eran tan comunes y además eran muy costosas, se traía una plancha eléctrica, un reloj de pared y otras cosas sobretodo lo eléctrico, que no era tan común en el interior del país.


Hacia 1972, cuando ingresé a la universidad para iniciar mis estudios de Medicina Veterinaria y Zootecnia, aparecieron las primeras calculadoras, que eran bastante elementales a la luz de las que disponemos hoy en día. Eran bastante gruesas tenían solo ocho dígitos; los números aparecían en una pantallita, eran iluminados. Solo se podían hacer las cuatro operaciones básicas: sumar, restar, multiplicar y dividir. Me pareció algo espectacular pues para aquel entonces, Libardo, uno de mis hermanos mayores, Experto en Ciencias Contables, hacía en su oficina sus operaciones matemáticas en una "calculadora" que tenía un teclado. Cada que pulsaba las teclas, daba unas vueltas adelante y unas hacia atrás con una manija lateral; la verdad nunca supe como hacía para sumar, multiplicar, restar y dividir.


En la universidad, el compañero más aventajado del grupo tenía una regla de cálculo. Pregúntele a uno de los muchachos de hoy en día qué es una regla de cálculo y seguro que no tiene ni idea. Era, como su nombre lo dice, para hacer operaciones matemáticas, una regla de forma triangular, la cual tenía unas graduaciones laterales y un "carro" que se desplazada a lado y lado; yo nunca aprendí a manejarla, además nunca tuve una, eran muy "costosas". Mis operaciones matemáticas las hacía con una tabla de logaritmos que aprendí a manejar con los curas italianos con los cuales había estudiado allá en El Tablazo, en Manizales. Me valía de ella para sacar raíz cuadrada, cosa que no pude aprender en las clases de matemáticas, ni en le escuela primaria ni en el bachillerato.


Cuando pude adquirir una calculadora, ya había cursado las materias más complicadas del ciclo básico de la carrera, que son las que requerían de conocimientos y operaciones matemáticas. Vino entonces la calculadora que todos conocimos con el nombre de "científica". Como dicen vulgarmente algunos "No le faltaba sino el inodoro".


Volviendo al tema de la televisión, para 1969 ya había dos canales nacionales y un canal local en Bogotá. Seguían siendo en blanco y negro. La emisión comenzaba hacia las cinco de la tarde con programas infantiles como uno presentaba doña Gloria Valencia de Castaño que tenía una tonada que decía: "Feliz cumpleaños amiguitos, les desea ponqué Ramo..... etc." Creo que todos los colombianos de mi edad (60 años), tenemos grabada en la mente esa cancioncita y algunas otras más. La programación se cerraba hacia las diez u once de la noche con películas como "Columbo" y Mannix", "Hawai Cinco Cero" y "Las Calles de San Francisco" las cuales fueron llegando una a una.


Cuando concluí mis estudios universitarios y tuve mi segundo y definitivo empleo (En el cual estuve durante 30 años), hacia 1978 surgió en Colombia la televisión a color. Ya había como tres canales, no se conocía la televisión por cable, no había canales privados, toda la televisión era estatal y llegaba a los receptores por antenas que tomaban la señal emitida desde estaciones repetidoras ubicada en montañas y cerros estratégicos de cada población. Ya no se ven los tejados de las casas y los techos de los edificios atiborrados de antenas de aluminio receptoras de la señal de televisión, a las que algunos avivatos les pegaban por los lados tapas de ollas dizque para recibir mejor la señal. Por causa de la ubicación de las antenas repetidoras, a algunas regiones del país no llegaba la señal y la programación se retransmitía en repetición, es decir los programas se veían al día siguiente en diferido. En regiones limítrofes de Colombia se veía la televisión de los países vecinos.


Al final de mis estudios universitarios ya se conocían los computadores de primera generación en Colombia, eran aparatos enormes; Pilar Guerra, una amiga de Pereira que tenía una empresa de sistemas y prestaba servicios de computación, tenía tres computadores que apenas si le cabían en una habitación y eran alquilados por la IBM. Los computadores se alquilaban, no se compraban. Películas de serie como las primeras de "Misión imposible" que nada tienen que ver con las de la serie actual, usaban computadores que eran tan grandes que dentro de ellos se podía esconder uno de los actores. Estudiar programación de computadores era una cosa de avanzada. Los aparatos recibían la información codificada en unas tarjetas que había que perforar. Era cosa de locos!


Hacia el primer semestre de mis estudios a nivel de Maestría a comienzos de 1981, con el dinero "ahorrado" de una beca de Icetex, me compré un televisor a color, que ya se vendían en San Andresito en Bogotá. Compré un Sony de 19 pulgadas que eran de los más grandes, eso si, con control remoto, era toda una novedad. Y me compré igualmente un Atari, uno de los primeros, sino el primero de los juegos electrónicos que tenía imágenes en dos dimensiones. Después compré un "Family" el cual tecnológicamente era más avanzado y cuyo juego estrella era "Mario Bross". Lo compramos dizque para los niños, pero los adultos nos peleábamos con ellos para ver quien lo usaba primero. Recuerdo las jugadas de Mario Bross hasta altas horas de la madrugada en compañía de mis sobrinos y de mi hijo.


Con el advenimiento de esta tecnología, atrás quedaron los juegos y rondas infantiles de los muchachos de la cuadra: los juegos con las bolitas de cristal, el trompo, el yo-yo, las tapas de gaseosa y de cerveza las que usábamos tal cual se obtienen al destapar la botella o estripadas completamente planas a punta de martillo o puestas en la carrilera para que el tren hiciera el trabajo de aplanarlas. Con las bolas de cristal y las tapas se jugaba al "hoyo seco" o a los "cinco hoyos". Cuando llegaba la época de la vuelta a Colombia en bicicleta, los muchachos organizábamos una zanja angosta y poco profunda en el piso de tierra de la calle (Solo las calles del centro del pueblo eran pavimentadas), a la zanja le dábamos toda clase de formas y piruetas, subidas y bajadas y hasta le hacíamos premio de montaña; las bolas se impulsaban con el dedo pulgar y la norma era no salirse de la zanja. Que bella época! Había integración y juegos en equipo.


Por supuesto no faltaban las peleas y las reventadas de narices en las que Jairo mi hermano era un experto: la malo: nos ganábamos una "pela" del papá o de la mamá, eso dependía del que fuera más experto en repartir "Juete", en mi casa era mi madre. Lo bueno: al día siguiente nadie recordaba nada y todos como si nada. No había comisaría de familia donde los hijos iban a quejarse porque sus padres los reprendían a punta de juete. Las "pretinas" de ramales hechas de piel de res (Léase bovino) eran la batuta con la que imperaba el orden en una casa. Como en mi casa los mayores éramos varones, la famosa pretina iba y venía cada día. "Le falta cáscara de novillo" (Léase piel de novillo) le decían a uno cuando se quería recalcar que la faltaba una reprimenda.


Quien de los viejos no jugó rondas como "Que pase el rey", "Guárdeme esta sortijita", "El corazón de la piña", y juegos como "La lleva", "El cogido", "La Libertad" y tantos juegos más producto de la imaginación, porque no había tecnología. El juego del trompo igual llegaba por temporadas; uno lo podía jugar individual o en equipos organizando lo que llamábamos "carreras" que consistían en llevar un trompo de una esquina a otra de la cuadra, impulsando un trompo por los trompos de los competidores que lo hacían girar con un jalonazo de la pita o piola con gracia y estilo. O sacar un trompo de la bomba o círculo de la misma manera. Quien perdía, tenía que poner su trompo al final, para que el resto de competidores le dieran "quiñes" con sus trompos; de ahí salió el término "quiñador" tan usado hoy día para designar a los sicarios. Bueno, siempre teníamos un trompo viejo para poner en caso de perder. Lo llamábamos el trompo "ponequines".


En la década de 1990 llegó a Colombia la tecnología del teléfono celular, del que actualmente no podemos desprendernos y el cual considero es el avance más importante en electrónica desde el punto de vista práctico y de uso. Siempre recuerdo las películas de tres y cuatro década atrás como "Perdidos en el espacio" y "Viaje a las estrellas". El capitán Kirk de la nave intergaláctica Enterprise, sacaba un aparatico y lo abría con cierto estilo y elegancia, como lo hacen los "pelados" (Léase muchachos) de hoy en día con las celulares con tapa, y decía: "Aquí Kirk a la nave"; la nave estaba en el espacio y el capitán estaba en uno de esos planetas que visitaban. Eso era ciencia ficción, Hoy día es una realidad.


Ya ni recuerdo, aunque es un acontecimiento muy reciente, cuando entramos en la era del internet, y aunque, como le pasa a los "chinos chiquitos" (Léase muchachos), lo manejo más o menos bien, pero con frecuencia tengo que llamar a uno de mis hijos o uno de mis sobrinos, 40 y 50 y más años menores que yo, para que me digan como se hace tal o cual cosa. Ni que decir de este avance tecnológico que nos permite ver a las personas y hablar con ellas a través de la pantalla de un computador, ahora se puede hablar y verse a distancia hasta seis personas al tiempo en una conversación múltiple, de pronto hay sistemas más amplios, no sé.


Usted puede averiguar lo que quiera en internet, mantener los chismes suyos y los de los demás al día en las famosas redes sociales. Ahora vivimos en un mar de tecnología en todos los asuntos, ya casi es imposible vivir o hacer algo sin la tecnología electrónica, la cual ha invadido literalmente todos los campos de la ciencia y la tecnología. Podemos hacer viajes virtuales y visitar los lugares más inesperados de la geografía.


Que dirían nuestros ancestros españoles si se dieran cuenta de que hago paseos virtuales por la Asturias en la que una vez vivieron? Si les dijera que sin estar físicamente allá, he estado en Oviedo y sus archivos donde vi desde acá la justificación de hidalguía que tramitara don Domingo Antonio de Arango y Valdés para salir de España hacia Las Indias? Si les dijera que he estado en Pravía y su feligresía de Villagonzay, en Villacastin en Castilla y León? que he estado en San Martin de Arango, que he visto el Valle de Arango y el río Aranguín? Seguramente creerían que es cosa de brujos y hechiceros. Si pudiésemos viajar a esa época y decirles esto, seguramente correríamos el riesgo de ir a parar en hoguera por brujos y herejes.


Que nos espera, mejor dicho, qué les espera a nuestros descendientes? Desde las series de televisión como "Viaje a las Estrellas" y de películas relativamente actuales como "La Mosca", creo que la teletransportación es el siguiente paso. Así, esta crónica no se llamaría "De los barcos y los galeones españoles hasta el internet" sino "De los barcos y galeones españoles hasta la teletransportación". Se suprime el avión mencionado en el título de esta crónica, seguramente ya no se necesitará.