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sábado, 6 de marzo de 2010

LA HISTORIA OCULTA DE UN LIBRO



Las fotos corresponden en su orden a: Gabriel Arango Mejía, Joaquin Arango Gómez, Jesús María Arango Mejía, Luis Abel Arango Gómez y Cecilia Arango Mejía.

Por: Cecilia Arango Mejía.
Guadalajara de Buga, 28 de febrero de 2010

En diciembre de 1911 le envió don Gabriel Arango Mejía el libro de las Genealogías de Antioquia y Caldas a nuestro bisabuelo Joaquín Arango Gómez, con firma y dedicatoria. Don Gabriel Admiraba a nuestro bisabuelo porque él tenía afición por la filosofía, la historia y las genealogías. En varias ocasiones hablaron acerca de estos temas.

Don Joaquín conocía la historia de sus antepasados; la heredó de su padre y de sus abuelos, con orgullo de familia castellana, asturiana y vasca, en especial asturiana; era una herencia ancestral, repetición atávica.

Don Jaoquín desenredaba los parentescos de las familias de Salamina, Manizales, Medellín y los que por aquella época vivían en el Valle del Cauca: Cartago, Tuluá, Buga, Palmira, Cali. Los parientes y amigos le consultaban, especialmente cuando conseguían novio o novia, para saber de que clase de familia venía la persona con quien se iban a casar. Esta era una costumbre boba; lo critico desde mi punto de vista, porque pienso que la persona amada no vale para nosotros por su familia ni por sus títulos o por su posición social; interesa por su carácter y su valor como humano, y esto lo elegimos sin aprobación de otra persona… ¡Bueno! Así eran los abuelos; y estoy comentando las costumbres de otra época.

Don Joaquín, contento con el obsequio, lo colocó en el mejor sitio de su biblioteca. Allí estuvo el libro durante 19 años hasta el 17 de diciembre de 1930. Cien años después de la muerte de nuestro Libertador Simón Bolívar. Murió don Joaquín a la edad de 80 años. Había nacido el 8 de diciembre de 1850.

El bisabuelo don Joaquín dejó el libro con algunos consejos y su elegante firma, a su segundo hijo, Jesús María el mayor de los varones; la mayor de esa familia fue doña Ana Joaquina Arango de Echeverri. Para nuestro abuelo Jesús María, este libro siempre fue una joya de la familia y lo guardó con cariño y respeto hasta el último día de su vida.

Desde noviembre de 1922, doce años después de fundado el departamento del Valle del Cauca, nuestro abuelo vivía en San Bartolome de Tuluá. Seis meses después de enviudar por segunda vez, sufrió un accidente en Sevilla, Valle. Departía con unos amigos y con algunos de sus hijos mayores, cuando cayó el barandal de las gradas donde estaba recostado; se fracturó la columna a la altura de las vertebras cervicales. Esta historia ya la conté en la crónica “Elvia”.

Mi padre lo llevó al nuevo hospital de Manizales, para que pasara cerca de su familia los últimos días. Mi padre estaba joven, tenía buena salud, mucha fuerza y gran temple; podía fácilmente resolver las dificultades y por eso logró llevarlo desde Sevilla hasta la capital de Caldas, venciendo todos los obstáculos que se presentaban en el camino por aquella época. Lo llevó en camilla, en carro y en tren, hasta llegar a esa ciudad blanca, construida por titanes sobre las faldas del volcán nevado del Ruiz.

Por eso se llama “La Ciudad de las Puertas Abiertas”, porque están estas puertas abiertas para todo: para la civilización y para la gente; con caminos y carreteras hacia el norte y hacia el sur de la Cordillera Central, con caminos hacia el occidente comunicándose con el hermoso Valle del Cauca y el océano Pacífico. Hacia el oriente buscando el camino del río Magdalena y el oriente del país. Mirando hacia el cielo, tiene caminos hacia las nieves perpetuas del “León Dormido”, así han llamado a este volcán del Ruiz, porque está tranquilo y aproximadamente cada cien años se despierta, ruge y se sacude dejando destrucción. Pero algunos nietos y tataranietos de los titanes que fundaron Manizales se quedaron en su ciudad, son pocos los que se fueron.

En la madrugada del 9 de agosto de 1933, tranquilo como buen hombre creyente, con ese valor y esa fe que transmitió a sus hijos, nuestro abuelo Jesús María llamó a mi padre para decirle que se acercaba la despedida.

- Hijo, se acerca la hora de mi muerte. Quiero que le diga a sor Luisa Marie que consiga un clavel fresco y agua bendita para que moje mis labios cuando llegue el último momento. Llame al señor obispo monseñor José de Jesús Salazar para que por favor venga a aplicarme los santos óleos.

Después de una pausa continuó:

- Luis Abel, le recomiendo a mis hijos, todos los del segundo matrimonio. Usted sabe que los hijos de mi primer matrimonio todos están casados. Tienen su familia y sus obligaciones, solo usted está soltero, sabe trabajar y a pesar de la devaluación del año 29, usted conserva su patrimonio

Otra pausa y continuó:

- Hijo, no olvide que usted tiene un gran corazón y nos ha ayudado mucho… sobretodo me ha acompañado siempre… en estos momentos tristes, con tanto desconsuelo por mi segunda viudez… y esta agonía que por voluntad del cielo ha durado 103 días… y aquí está usted conmigo; por eso, confiado le pido que vele por mis hijos.

- Tranquilo papá – dijo mi padre- yo los cuidaré porque los quiero, porque llevan su sangre, porque me han demostrado su cariño y yo los he visto crecer. Trataré de guiarlos y ayudarlos.

Así, mi padre Luis Abel Arango Gómez, octavo hijo de don Jesús María Arango Mejía, el 9 de agosto de 1933, a los 28 años quedó convertido en “padre” de once hermanos, los Arango Duque, menores de 18 años. Fue una labor, una tarea difícil pero la cumplió.

Nuestro querido abuelo continuó hablando. Esos momentos difíciles los repitió mi padre varias veces y siempre lo escuché con lágrimas, me conmovía tanto amor de mi padre por su familia; con él aprendí a querer mucho a mis tíos y tías. Toda mi familia tiene un sitio especial en mi corazón.

Esta familia tan numerosa es de las pocas que continúan unidas, a pesar del modernismo, cuando la gente solo piensa en progresar, escalar posición social y avanzar en una forma individual… son pocos los que piensan en los demás, en la gente que los rodea. Pero yo se que en nuestra familia, la mayoría, con excepción de unos cuantos (Afortunadamente pocos)… siempre, ¡siempre! Están listos para ayudar a sus padres, hijos, hermanos, sobrinos y hasta amigos. Son muchas las historias lindas que tengo para contar en estas “crónicas”, con muchos testigos de esas buenas obras, una de tantas es esta:

“Mi tío Hernando contaba que en junio de 1922, a mi papá se le presentó una gran oportunidad de viajar a Inglaterra becado por la familia Rock & Will. Mr. William Rock y Mrs. Mary Beth Will. Luis Abel de casi 17 años era el secretario o algo así como el estafeta de correo de Mr. Rock; este puesto se lo consiguió su abuelo don Joaquín Arango con su amigo el ingeniero Mr. Rock quien llegó a Manizales con su familia para organizar unos parques y construir unas casas de los Arrubla, Isaza, Jaramillo, Palacio, Gutiérrez y Arango, gente adinerada y descendiente de los fundadores; ellos podían construir buenas casas al estilo inglés. Mr. Rock apreciaba y admiraba el talento y los buenos modales de este joven.

- ¡Es un Lord, un señor, un caballero! –decía el míster-además es muy inteligente. Y quiero que se prepare para que sean un gran ingeniero. Tiene madera, disposición para las matemáticas.

Como mi padre era menor de edad, Mr. Rock le pidió permiso a mi abuelo Jesús María para llevarlo a Inglaterra y él se hacía cargo de todos los gastos. Mr. Rock era muy conocido en Manizales y gran amigo de la familia. Así mi abuelo y mi bisabuelo estuvieron de acuerdo: Luis Abel viajaría a Inglaterra con la familia de Mr. Rock.

Pero sucedió algo terrible. En Julio de 1922 fue primer gran incendio de la ciudad de Manizales. El abuelo Jesús María quedó arruinado, se quemaron su casa y sus negocios. Quedó a la deriva con esta calamidad. Mi padre, con gran pesar, renunció a la beca que tan generosamente le daba la familia Rock y Will. Quería ayudar con dinero a su padre y optó por viajar con su hermano José, solo una año mayor que él; viajarían al Valle del Cauca. Sus amigos le decían que este Departamento tenía buenas tierras que necesitaban hombres jóvenes y fuertes para luchar y salir adelante.

En los primeros días de agosto los dos jóvenes viajaron al Valle, a nuestro Valle del Cauca; este sitio donde algunos creen que existió el paraíso terrenal. José de 18 años, los había cumplido el 7 de julio y Luis Abel próximo a cumplir los 17 el 5 de agosto”. Aquí empieza otra interesante crónica porque veo que me estoy apartando de la crónica de la historia oculta de un libro.

Retomando “la historia oculta de un libro”, decía que nuestro querido abuelo continuó hablando con su voz cansada y con muchas pausas:

- Luis Abel, no me quedan bienes materiales y mucho menos dinero. Usted sabe que con la ruina total del incendio del año 22 aquí en Manizales… y luego la crisis mundial del año 29… ahora estoy a un paso de la muerte y sin poder dejar algo a mis hijos… pero, para usted tengo un libro, vale mucho para la familia; usted lo ha mirado y consultado muchas veces, se llama “Genealogía de las Familias de Antioquia y Caldas”.

- Es un valioso legado donde está la tradición de nuestros antepasados. Fue un tesoro para mi padre porque tiene la dedicatoria de su pariente y autor del libro don Gabriel Arango Mejía; un hombre muy importante: historiador, fundador de la Academia Antioqueña de Historia en 1903. Miembro también de la Academia Nacional de Historia y de la Academia de Estudios Genealógicos de la Argentina.

- Don Gabriel viajó mucho a Europa y en España, buscó documentos en notarías, parroquias, etc. Es un hombre de letras, yo lo admiro mucho y lo aprecio. Ese libro tiene gran valor sentimental para mí. Tiene muchos consejos y la firma de mi padre quien también fue un hombre muy importante en Antioquia y Caldas…

A cada momento el abuelo hablaba más pausado, pero continuó:

- No puedo firmarlo, ni escribir consejos, usted sabe que estoy medio muerto desde el día de mi accidente… el libro lo dejé con mi hermana María del Carmen; ella sabe que desde el día de mi muerte usted sería el dueño de ese importante libro. Quiero que mis hijos y mis nietos conozcan nuestras raíces y sepan porqué nuestra familia es tan orgullosa, pues todas las partidas de matrimonio y nacimiento de nuestros antepasados están en las iglesias y notarías de Oviedo, Pravia, San Martín de Arango y la feligresía de Villagonzay en el Valle de Arango en España, lo mismo que en Bilbao, Santander, Pamplona en el país Vasco, parte y norte de España.

-También pueden buscar en la ciudad de Antioquia Vieja, en Medellín, Rionegro, Marinilla, Sonson, Salamina y Manizales en Colombia.

- Con la ayuda de este libro, don Gabriel, mi padre y yo pudimos encontrar el origen de nuestros apellidos, en el libro está subrayado lo nuestro. Mi padre era descendiente de los fundadores, conocía bien toda esta gente que ha poblado la Cordillera Central.

Mi papá cumplió los deseos del moribundo; llegó sor Luisa Marie, con el clavel y el agua bendita. Esta monja francesa era la superiora del moderno hospital de Manizales. Vino de Francia con otras hermanas de la Comunidad de San Vicente de Paul, las del hábito azul turquesa y la corneta blanca; ese sombrero blanco con alas almidonadas que parecen palomas gigantes y distinguen a las hermanas vicentinas.

Sor Luisa Marie apreciaba mucho a mi padre, a mi abuelo y a su familia. Les contaba historias del santo francés fundador de hospitales en París. También contaba historias de Francia, de la revolución, etc. etc. Por eso sor Luisa Marie consiguió rápido lo que el enfermo pedía y también llamó al Obispo de Manizales monseñor Salazar. Era difícil encontrarlo porque tenía mucho trabajo dirigiendo la construcción de la nueva catedral, ese gran monumento que se destaca en medio de las azules montañas. Esa catedral es uno de los monumentos más importantes de Colombia.

Monseñor aplicó los santos óleos a don Jesús María, colocó el aceite consagrado en la frente, en las palmas de las manos y en las plantas de los pies…. para borrar los rastros de la vida pasada. Rezó las últimas oraciones y parece que el abuelo murió muy tranquilo.

En el hermoso cementerio de la “Perla del Ruiz”, ciudad de algunos de nuestros bisabuelos, descansa don Jesús María, nuestro abuelo. Allá lo dejó mi padre en el mausoleo de la familia; su tumba rodeada de muchos monumentos, estatuas, ángeles y cruces de mármol blanco, contrastan con el verde de los pinos, cipreses y araucarias.

Después del funeral, mi padre visitó las familias de Salamina y Manizales. Su tía María del Carmen le entregó el libro de las Genealogías de Antioquia y Caldas. Con el libro, los buenos recuerdos y mejores consejos de su padre, regresó a San Juan para organizar a sus hermanos. Guardó el libro en un buen sitio y allí estuvo hasta el 2 de mayo de 1934, cuando se casó con mi madre Ana Rita Mejía Arango.

Durante toda mi niñez vi el libro muy cuidado, con los libros de mi madre. Para ella ese libro era de gran interés porque también tenía la tradición de su familia.

Lo leí y estuve varias veces conociendo muchas familias de Antioquia, Caldas, Risaralda, Quindío; Valle del Cauca y Bogotá. Aprovechaba todos los viajes y paseos para estudiar en las bibliotecas y centros históricos. Armé un árbol genealógico con un gran dibujo que mi padre y mi madre admiraron y esto me llenó de orgullo. Realcé los dibujos del libro con colores prisma-color, quedó muy bonito, a mi también me gustaba y quisiera mirarlo de nuevo, pero no sé donde quedó.

De mis antepasados heredé el gusto por las genealogías, la historia, filosofía y psicología y quizá heredé también las alergias a los libros viejos, los ácaros, el polvo, el moho, etc., y cada día que abría el “bendito libro”, la nariz se me hinchaba, los ojos se ponían rojos y llorosos, en la cara y las manos sentía escozor. Tuve miedo de una grave enfermedad. Sabía que existían virus, bacterias, infecciones, enfermedades contagiosas y empecé a pensar que ese antiguo mamotreto tenía una colección de enfermedades y tuve miedo de que fuera perjudicial para mí, para mi familia o para mis amigos que querían leerlo. Por aquella época no existían las máquinas fotocopiadoras y al copiarlo a máquina era posible que me contagiara antes de terminar la larga tarea de escribir con los índices, aún no sabía escribir a máquina.

Lo pensé muchas veces y un buen día, mejor digo “un mal día”, me levanté muy temprano, encendí una hoguera en el patio de atrás y allí quemé hoja por hoja el sagrado libro. Cuando terminé, me arrepentí, pero ya era tarde, el mal estaba hecho. Yo misma me consolé pensando: “esto estuvo bien, ¿que tal si alguien se contagia y pasa el resto de la vida con los ojos rojos y llorosos, la nariz hinchada y con escozor en la cara y las manos? ¡Yo sería la responsable!”

Me tranquilicé y no comenté nada en mi casa. Solo lo supieron algunos de mis amigos, amigas y compañeras del colegio. A los que les comenté esta historia oculta me decían:

- ¿Y porqué no me lo reglaste?
- Como iba a hacerlo-respondía- explicando: si pensaba que el libro era peligroso para mí, no se lo iba a entregar a otra persona. A mi me enseñaron que mal que no quieras para ti…. no se lo desees a nadie.

Esa era la regla de oro. Si lo regalaba, sería la responsable del mal que el libro contagiara.

El tiempo pasó y un buen día en el comedor de mi casa mi madre dijo:

-¿Cecy, donde está el libro de las genealogías? Quiero prestárselo a doña Esther de Salazar.
- Lo quemé.
- ¿Que dices? ¿Que pasó con el libro?
- Lo quemé mamá.
- ¡Lo quemé! Repitió mi padre abriendo al máximo sus ojos y levantando las cejas.
- Papá, recuerda que al leerlo se ponían rojos y llorosos mis ojos, mi nariz se hinchaba y sentía escozor en las manos y la cara. Yo creía que ese libro estaba contagiado de alguna infección.
-¡Esa no es una infección, es una alergia! ¡Tu alergia! -dijo mi padre visiblemente molesto- Debiste pensarlo antes de quemarlo. No leerlo más y ya. Problema terminado.
- Pero papá, yo creía que era algo grave.
- Debiste consultarlo.
- El libro era mío –dije para justificarme- tu me lo regalaste.
- Con mayor razón; yo te lo obsequié pensando en que te agrada la historia de los recuerdos de familia. Allí teníamos la firma de don Gabriel, la firma de mi abuelo (de mi papito Joaquín), además mi padre lo apreciaba como un tesoro de la familia; ese libro representaba la herencia de mi padre.
- Perdóname papá, yo pensaba que estaba obrando bien-repetí esas palabras avergonzada y arrepentida-.

Mi papá así lo entendió; además no era hombre de cantaleta. Daba fin a los problemas arreglando lo que se podía arreglar y olvidando lo que no se podía arreglar. Así nunca mas me molestaron con esa historia del libro de las genealogías. Todos sabían que yo sería la persona que más lamentaría la pérdida del libro.

Varias veces le hablé de ese libro a mi primer ahijado y primo Bernardo Mejía Arango; siempre me regañó por ese error y me obligó a escribir la historia oculta de este libro.

Ahora digo con el confiteor: "mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa. ¡Por mi gran culpa! "
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NOTA DE BERNARDO MEJIA ARANGO:

En 2003, cuando recién estaba finalizando la recopilación de datos y organización de lo mismos para la elaboración del libro "Genealogía de nuestras familias Mejia Arango y Arango Mejía", mi colega y amigo Alfredo Bohorquez Rios atendió mi encargo de buscar el libro en las librerías de Manizales; finalmente lo consiguió. La copia es de dos tomos y corresponde a la cuarta edición publicada en el año de 1993. Nuestros agradecimientos para Alfredo por su valiosa colaboración. La fotografía del libro que está en la parte superior de esta crónica junto con las fotografías de los personajes involucrado en esta, corresponde a uno de los tomos conseguidos recientemente.

domingo, 28 de febrero de 2010

GABRIEL ARANGO MEJIA, PIONERO DE LA GENEALOGÍA DE NUESTRAS FAMILIAS MEJIA ARANGO Y ARANGO MEJIA. Historia oculta de un libro

Gabriel Arango Mejía y su esposa Ulpiana Arango Bernal

Por: Bernardo Mejía Arango y Cecilia Arango Mejía. Guadalajara de Buga, 28 de febrero de 2010

Esta es la primera crónica acerca del libro “Genealogías de Antioquia y Caldas”, una copia del cual fue enviada por su autor, a nuestro bisabuelo Joaquín Arango Gómez. En la segunda crónica, denominada “Historia oculta de un libro”, describiremos el destino de la copia que inicialmente fue de nuestro bisabuelo.

A partir de nosotros, Bernardo Mejía Arango y Cecilia Arango Mejía, siete generaciones hacia arriba en nuestro árbol genealógico, está ubicado Pedro Pablo Arango Angel quien es nuestro ancestro común con Gabriel Arango Mejía, autor del Libro “Genealogías de Antioquia y Caldas” .

Pedro Pablo Arango Angel, tataranieto de don Domingo Antonio de Arango y Valdés quien trajo el apellido Arango a Colombia, nació en Medellín en 1754 y falleció en La Ceja el 4 de diciembre de 1836. Se casó el 14 de febrero de 1779 con María Josefa Botero Echeverri; tuvieron 8 hijos: Esteban, José Bernardo, José Miguel, Antonio Ambrosio, José Ignacio, Fernando, Pedro Pablo y Gabriel. De estos, Esteban y Gabriel son nuestros ancestros comunes.

Esteban Arango Botero, nuestro ancestro directo, se casó con Josefa Dolores Restrepo Uribe y fueron los padres de José Joaquín Arango Restrepo, bisabuelo de la abuela Cecilia Arango Jaramillo (La madre de Ana Rita, Arturo, Jaime y José Valentín Mejía Arango). José Joaquín Arango Restrepo fue uno de los 20 paisas que fundaron a Manizales.

Gabriel Arango Botero, hermano de Esteban y ancestro de Gabriel Arango Mejía, nació el 18 de marzo de 1794 en Rionegro (Antioquia) y falleció el 22 de septiembre de 1854 en Abejorral (Antioquia). Se casó con Teresa Palacio Restrepo y fueron los padres de Hermeregildo Arango Palacio (Abejorral, 13 de abril de 1827 – Medellín, 18 de octubre de 1890), quien se casó con María del Rosario Mejía Alvarez y fueron los padres de Gabriel Arango Mejía, quien nació en la población antioqueña de Abejorral, el 6 de noviembre de 1872 y murió el 28 de diciembre de 1958 en Medellín. Gabriel Arango Mejía es el autor del libro “Genealogías de Antioquia y Caldas” .

En septiembre de 1973, José Roberto Jaramillo Arango publica la nota biográfica de don Gabriel Arango Mejía, en la contraportada del libro “Genealogías de Antioquia y Caldas”, cuarta edición publicada en 1993 por la editorial Litoarte, a partir de la cual se transcriben casi textualmente sus datos biográficos.

Gabriel Arango Mejía estudió sus primeras letras en Abejorral su tierra natal y luego ingresó al recién fundado colegio de los padres Jesuitas en Medellín, hoy Colegio de San Ignacio y allí se graduó formando parte de la primera promoción de bachilleres de dicho establecimiento en el año de 1891.

Posteriormente inicia estudios de ingeniería, carrera que tiene que truncar al morir su padre, pues las urgencias económicas lo obligan a ponerse al frente de su familia en su condición de hijo mayor.

Desde entonces y cuando solo contaba 18 años, se entrega con devoción y entusiasmo a la actividad que lo destacó, el estudio de la historia, quehacer al que dedicó toda su vida, y que solo interrumpió en vísperas de su muerte, acaecida el 28 de diciembre de 1958.

Alentado por los historiadores Esmeragdo Posada y presbíteros Vicente Ramírez y Juan de Dios Uribe comienza el que habría de constituir su trabajo más significativo y que iniciado 20 años atrás, fue también su primer libro histórico: las “Genealogías de Antioquia y Caldas”, cuya primera edición apareció en el año de 1911.

En no menos ardua tarea, se añaden a esta monumental obra, otras muy significativas que don Gabriel Arango publicó durante su larga vida, aparte de muchos artículos y estudios en revistas especializadas: “Las Cortes Españolas y el Gobierno Civil y Eclesiástico”; “Documentos sobre don Luis Girardot”; “Antioquia y Robledo”; “La Tragedia de un Gobernante: Benavides de Ayala”; “Dónde nació Girardot”. Una segunda edición de las “Genealogías” se hizo en 1942.

Fue don Gabriel Arango Mejía uno de los fundadores de la Academia Antioqueña de Historia, en 1903, junto con el doctor Manuel Uribe Angel, el doctor Fernando Vélez, don Tulio Ospina, don Alejandro Barrientos, don José María Mesa Jaramillo y otros ilustres antioqueños, y así mismo fue, miembro de la Academia Nacional de Historia y de la Academia de Estudios Genealógicos de la Argentina.

Con su gran amigo el notable historiador José María Mesa Jaramillo repasó durante largos años el Archivo del Departamento de Antioquia y de ese contacto con minuciosos documentos y mamotretos antiguos extrajo el material clave para acarar fundamentales cuestiones históricas, entre otras “El testamento de don Gaspar de Rodas” y “La vida y Actuaciones de Sánchez Torreblanca”.

Como director por varios años de ese Archivo y del Museo y Biblioteca de Antioquia, don Gabriel Arango Mejía desarrolló una eficiente actividad no solo para ordenar una cuidadosa selección y catalogación de los materiales históricos allí reunidos sino para salvar de la ruina o la desaparición innumerables documentos apunto de perderse.

Al terminar su carrea de funcionario y con ocasión del 50 aniversario de la Academia Antioqueña de Historia que él fundara y de la que era único miembro sobreviviente, fue condecorado con la orden Francisco Antonio Zea y nombrado su presiente honorario.

Regresó al seno de su hogar donde continuó su actividad de historiador, que solo interrumpe su muerte. Su último deseo de publicar una tercera edición de las “Genealogías”, lo llevó a acopiar numerosos apuntes biográficos y a corregir y a adicionar muchos de sus apuntes. Don Gabriel no vio realizado su proyecto, pero su archivo particular devotamente guardado por sus herederos ha servido para que su hija Sofía Arango de Arias quien por muchos años fue su ayudante, después de una paciente labor, lo ordenara y revisara para completar en forma amplia la edición cuarta publicada en 1993, de donde se extrajeron estos datos biográficos.

Las “Genealogías de Antioquia y Caldas” es el fruto de 65 años de labor histórica de don Gabriel Arango Mejía, son, a no dudarlo, un aporte definitivo a estos estudios trascendentales que en España y América, con excepción de Flórez de Ocaris en sus Genealogías del Nuevo Reino de Granada, han tenido pocos cultivadores por las dificultades que se presentan para desentrañar en archivos y pergaminos, el origen de sus familias.

Gabriel Arango Mejía consignó en su libro “Genealogías de Antioquia y Caldas”, las descendencias de las principales familias paisas de Antioquia y Caldas y sus orígenes en los distintos sitios de la península Ibérica. En el caso específico de nuestra familia Arango, desarrolló la información varias generaciones a partir de don Domingo Antonio de Arango y Valdés, quien trajo el apellido Arango a Colombia y quien arribó al país allá por el año de 1655. De dos nietos de él, descendemos los Arango de nuestras familias Mejía Arango y Arango Mejía: Miguel y José Eugenio Arango Vélez.

De Miguel Arango Vélez descendemos los Arango por parte del Abuelo Jesús María Arango Mejía. De José Eugenio Arango Vélez descendemos los Arango por parte de José Joaquín Arango Restrepo y su bisnieta, nuestra abuela Cecilia Arango Jaramillo. Es decir, los abuelos paternos y maternos son componentes de dos familias o estirpes afines entre sí.

El seguimiento de las familias lo hizo Gabriel Arango Mejía en su libro “Genealogías de Antioquia y Caldas” hasta don José Joaquín Arango Restrepo. Las investigaciones complementarias de allí en adelante se encuentran en el libro “Genealogías de Salamina” cuyo autor es el sacerdote Guillermo Duque Botero, y en las investigaciones de Enrique Pareja Mejía con quien tuve la oportunidad de trabajar aproximadamente dos años alrededor de los datos genealógicos de nuestras familias. Enrique murió de un infarto hace aproximadamente tres años; en sus estudios se encuentra consignada la ascendencia de nuestra abuela Cecilia Arango Jaramillo hasta el siglo cuarto, 61 generaciones hacia arriba en el árbol genealógico.

domingo, 7 de febrero de 2010

Crónica de Jesús Arango Fernández sobre el apellido Arango



Jesús Arango Fernández, profesor de economía aplicada de la Universidad de Oviedo, España. Tiene un blog denominado "La vuelta al Día de los Arango" donde periodicamente escribe sobre el apellido Arango y todos los aspectos con el relacionados. La siguiente es una transcripción textual, con su autorización, de una crónica escrita por él sobre el apellido Arango.





Sobre la vuelta al día de los Arango
SOBRE LA VUELTA AL DIA DE LOS ARANGOS
Jesús Arango
Los Cabos de Pravia, 6 de diciembre de 2007

¿Qué tienen en común Pancho Villa, el comercio africano de esclavos y un dialecto maorí?, pues que en todos los casos utilizan el término Arango. A explicar algunas cuestiones relacionadas con este apellido de origen asturiano están dedicadas estas notas.

Formo parte de esa generación española que nació con la cartilla de racionamiento debajo del brazo –todavía conservo la mía- y que ha ido envejeciendo utilizando las redes Wifi e Internet. Por el medio han sucedido muchas cosas: se acabó la dictadura franquista, nos habituamos a vivir en democracia y el mundo se ha hecho mucho más pequeño que cuando lo imaginábamos mirando los mapas políticos colgados en las paredes de la escuela o cuando leíamos las aventuras de Marco en aquel gastado libro de lecturas Corazón de Edmundo de Amicis.

Mi infancia transcurrió en una pequeña villa asturiana, Pravia, en una época en la que era muy normal que la gente naciese, viviese y muriese en el mismo sitio. En un marco de vida tan local, con un acceso limitado a la información, tanto por razones técnicas como políticas, nuestras preocupaciones se centraban en las cosas y los asuntos que sucedían dentro de los límites de nuestro valle.

Sin embargo, las cosas para mí comenzaron a cambiar: a diferencia de mis padres, pude estudiar el Bachillerato –comencé con el Plan de 1957- y después salí de mi pueblo a cursar los estudios de Ciencias Económicas, primero en Bilbao y después en Málaga y Madrid. Para entonces ya me había emocionado leyendo la Madre de Máximo Gorki en la versión de la editorial Losada, libro que me había dejado Alfonso Selgas, mi vecino y amigo de juventud. Alfonso Selgas fue ya desde niño un excelente dibujante, que acabó siendo un gran pintor; por el medio, se hizo comunista cuando estudiaba Derecho en Oviedo y lo condenó el Tribunal de Orden Público a un año de cárcel, que cumplió en Jaén y todo porque se había atrevido a embuzonar con propaganda en contra de las elecciones a Procuradores al tercio familiar, a las que se presentaban por Asturias: Robledo y Juan Velarde.

Tengo que confesar que durante todo ese tiempo nunca me preocupó lo más mínimo que significaba el término Arango, cuál era su origen o si había muchos o pocos Arangos por el mundo. Solamente sabía que en mi aldea natal había numerosas personas que se apellidaban Arango, que en Pravia había un carretero que llamaban Aranguito, un río llamado Aranguín y que a cinco kilómetros de distancia de Pravia había un zona conocida como el Valle de Arango.

La primera noticia del significado del término Arango me la dio un navarro, compañero en el campamento de Milicias universitarias en Monte La Reina. Fue durante el verano de 1970, aquel navarro –cuyo nombre no recuerdo- me dijo que la palabra era de origen euskera y que significaba “del Valle de”. Algunos años más tarde, un día cuando buscaba el significado de una palabra en la letra uve de la enciclopedia Larousse, encontré por casualidad el término Villa, Pancho y la remisión siguiente: véase Doroteo Arango. Descubrí que había Arangos más allá de Asturias y que alguno había sido famoso en la revolución mexicana de los primeros años del pasado siglo.

Bastante años más tarde, allá por el año 2000, curiosamente revisando el contenido de varios Boletines del Instituto de Estudios Asturianos, actualmente conocido como RIDEA, encontré de nuevo el origen euskera del término Arango en un artículo de Francisco García Berlanga[1]. En este trabajo, Francisco García Berlanga se refiere a la estabilidad de las palabras en toponimia, señalando “que tienen un significado geográfico, como valle, monte, río, vega, etc. Así en euskera al valle se le llama Aran, de ahí aparece el bilingüismo de Lérida: Valle de Aran. Es decir, al lugar se le llama Aran de acuerdo con su situación geográfica”. Por otra parte, Francisco García Berlanga señala que las terminaciones -ango y andi, se dan con mucha frecuencia en Asturias y el País Vasco. En este sentido, la terminación ango, de Durango, no está definida en ningún sitio y opina que lo correcto es traducirla por encima, o cima como Cimadevilla, etc. Sin embargo, la terminación andi, si está definida en el euskera actual y a veces se traduce como grande y en otras como al otro lado.

De acuerdo con la opinión de Francisco García Berlanga, Arango es palabra tan asturiana como vasca: es euskérica. La zona asturiana de este nombre, que es un valle, no está muy claro a que se llama Arango, García Berlanga piensa que se refiere a algún pueblo sobre el valle[2], pues así ocurre en el caso de Berango en Vizcaya, que está sobre una bera (vega), dentro de la misma vega una parte más alta. Algo similar ocurre con Alango de Vizcaya, que es Arango, está en el pueblo de Algorta y está sobre el valle. Según García Berlanga también hay un Arango en Guipúzcoa, aunque yo no lo he podido localizar.[3]

En la Enciclopedia Encarta aparece el lugar Arango en varios países del mundo, además del Arango de Pravia. Así, en Cuba se encuentran cinco lugares con el nombre de Arango. El primero se encuentra situado en la provincia de Ciego de Ávila, que está cerca de Camagüey, más abajo de Santa Clara y Cienfuegos.

Alrededor de este lugar se encuentran próximos Guayacancito, Tres Ceibas y La Teresa. El segundo Arango de Cuba se localiza en la provincia de Cienfuegos, cerca de Presidio, Socorro y La Vega. El tercer Arango se encuentra en la provincia de Holguín, al sur de la isla, casi en el límite con la provincia de Santiago de Cuba, muy próximo al aeropuerto de Los Mangos de Baragua. El cuarto Arango se localiza en la provincia de La Habana, cerca de los lugares de Monterrey y San Nicolás. El quinto Arango se encuentra en la provincia de Matanzas, que limita con la de la Habana y se localiza al norte de la isla; cerca de este Arango están los lugares de Agüica, Aguiar, Los Pinos y los Arabos.

También en la Enciclopedia Encarta aparece un lugar con el nombre de Arango en el Chad, país del centro de África, que limita al Norte con Libia, al Oeste con Níger, Nigeria y Camerún, al Sur con la República Centroafricana y al Este con Sudan. Este sitio Arango se encuentra cerca de lugares con nombres como Alao, Mountoumoundou, Karfi y Agoundi. Años más tarde, navegando por Internet, encontré por casualidad una posible explicación a la existencia del topónimo Arango en África. Se trata del significado de la palabra Arango en el Brainy Dictionary: un amuleto de cornalina no pulida, que fue importado en el pasado de Bombay para su utilización en el comercio africano de esclavos.

El Chad, ya desde la Edad Media, fue un cruce de rutas entre los mercaderes musulmanes y las tribus nativas y enlace importante entre África y Oriente Medio. Durante varios siglos (desde el XIII hasta 1840) este espacio estuvo sometido por el imperio Kanem-Bornu, controlado por un grupo llamado los kanuri. Este pueblo controlaba las rutas de mercado hacia el norte de África: a cambio de telas, sales, minerales y esclavos, los kanuris recibían cobre, armas de fuego y caballos.

Por tanto, no parece extraño que un término ligado al comercio de esclavos, como es el de Arango, se haya convertido en una localidad del Chad: probablemente sería el sitio donde se realizaba el intercambio de esclavos.
Además, existe un lugar llamado Arango en Papúa-Nueva Guinea, cerca de núcleos como Pankin, Akaian, Ombos y Orenari. Nueva Guinea se encuentra al norte del denominado Territorio Norte de Australia, cerca están también las Islas Molucas, algunas islas que pertenecen a Indonesia y el Mar de Timor. Al este se encuentran las Islas Salomón, las Islas Fiji y Nueva Caledonia. En relación con esta localización encontré hace unos años una página web sobre la cultura maorí, hospedada en San Diego, en la que se citaba a un dialecto llamado Arango. No he podido volver a localizar esta página web, a pesar de haberlo intentado en varios ocasiones.

En la enciclopedia Encarta he encontrado también los sitios siguientes: El pueblo de Aldea de Arango en la provincia de Toledo, al norte de Talavera de la Reina y cerca de la localidad de Arenas de San Pedro en la provincia de Ávila; la localidad Los Arango en el departamento de Piura en Perú; la localidad San Felipe de Arango en el Estado de Jalisco en México y la localidad Aranguito en la provincia de La Habana en Cuba. En Muros de Nalón existe una travesía que es conocida como la Calea Arango.

[1] Véase “Topónimos asturianos de origen euskera” de Francisco García Berlanga, publicado en el Boletín del IDEA, nº 107, septiembre-diciembre de 1982, páginas 719-734

[2] En efecto, el núcleo de San Martín de Arango se encuentra en una ladera del Valle de Arango

[3] En el Nomenclátor del Censo de Población del INE de 1991 no figuraba ningún término con ese nombre en Guipúzcoa

Publicado por Jesus Arango Fernandez en "La Vuelta de día de los Arango"

sábado, 16 de enero de 2010

BERNARDO MEJIA RESTREPO Y CECILIA ARANGO JARAMILLO: LA PUJANZA DE UNA RAZA


Por: José Valentín Mejía Arango, Cecilia Arango Mejía y Bernardo Mejía Arango

Guadalajara de Buga, 16 de enero de 2010


El primer día de enero de 2010 fuí a visitar a José Valentín Mejía Arango, hermano menor de mi padre. Pasé la mañana muy contento escuchando los “recuerdos” del tío. El había cumplido 80 años el 12 de septiembre de 2009, pero continúaba lúcido y con buena memoria.

Me impresionó el relato de su viaje por el páramo de Las Hermosas, cuando tenía 13 años. Mi tío empezó su historia diciendo:
“Ahora, en el otoño de mi vida, tengo frescas las imágenes de mis padres. Don Bernardo Mejía Restrepo era un hombre de mediana estatura, “acuerpado” como decimos los paisas, pero no era gordo. Tenía la piel blanca, los ojos, los cabellos y la barba color café. Diariamente rasuraba su barba y en los últimos años se dejaba el bigote, bien cuidado. Nació el 25 de febrero de 1892 en Manizales murió el 12 de noviembre de 1955 en Cali; tenía 63 años largos, aún lucía joven.

Doña Cecilia Arango Jaramillo de Mejía, era alta, delgada, blanca, de ojos azules. Se peinaba recogiendo su hermoso cabello hacia atrás, peinado que sostenía con dos peinetones muy bonitos; mi madre murió en Tuluá, de 49 ½ años, después de una cirugía del apéndice; Ella había nacido en Manizales, el 11 de noviembre de 1898, seis años menor que mi padre.
Mi padre tenía buenas ideas como constructor, como Agrónomo y como Veterinario. Leía y sabía mucho de estas tres profesiones; por eso sus amigos y conocidos le pedían opinión y consejo. Sus inquietudes y proyectos los realizó en sus fincas. Viajaba; viajaba mucho, pero donde se instalaba llevaba su familia.

Mi madre lo acompañaba en sus correrías y viajes; Ella era fuerte y valerosa como sus antepasados, varios de ellos fundadores de Manizales; el más importante era su bisabuelo don Joaquín Arango Restrepo: fue ese bisabuelo el que escogió el sitio donde se fundaría la ciudad.
Los dos tenían espíritu emprendedor; donde llegábamos, él compraba buenas tierras, luego traía constructores de Manizales, Pereira o Cali. Dirigía la construcción de la casa y los establos. Sus casas eran grandes y cómodas. Casi siempre invitaba a un amigo ingeniero Agrónomo y con él y los trabajadores organizaban las huertas, los jardines y el cultivo de los pastos.

Mis padres tenían buenas amistades; siempre estábamos acompañados y visitados por gente importante de la ciudad o el pueblo donde llegábamos. Ellos, mis padres, eran amables y serviciales.

Cuando la finca o la hacienda empezaba a funcionar con comodidades, nosotros emigrábamos a otros sitios con mejores horizontes. Hermosa y cómoda estaba la hacienda “El Bosque” en agosto de 1941, cuando mi padre decidió viajar al Tolima para empezar de nuevo.


Don Arturo Osorio, un caldense adinerado, tenía muchas propiedades en Tolima y Huila; negociaba con ganado en Barragán, Roncesvalles, Chaparral y La Herrera. Le habló a mi padre de una hermosa hacienda llamada “Campohermoso”. Con este señor compraron en compañía, ese inmenso terreno en las tierras altas del Tolima. Luis Abel Arango, mi cuñado, compró la hacienda “El Bosque” para cultivar el trigo y nosotros viajamos al Tolima. Fue un viaje largo, lleno de aventuras, como las de una novela.

Mis padres invitaron para este viaje a don Julio Chica, su cuñado. Cuñado de los dos porque primero estuvo casado con Inés Arango Jaramillo, la hermana mayor de mi madre. Inés murió muy joven dejando cuatro hijos: Evelia, Edesio, Santiago y Noel.


Luego don Julio se casó con Ana Rosa Restrepo Mejía, la hermana menor de mi padre. Esta era la tía “Anita”, con ella tuvo seis hijos: Inés, Ligia, Julio; Fernando. Ana Rosa y Esneda.
Don Julio vendió sus propiedades en Restrepo (Valle) y viajó con su familia a nuestra hacienda “El Bosque”, situada muy cerca de San Juan de Barragán. Allí se encontró con su hermano don Francisco y su familia; ellos también viajarían al Tolima. Los tres señores: mi padre, don Julio y don Francisco viajaron a La Herrera con don Aturo Osorio, para cerrar el negocio. Los cuatro compraron aquel inmenso terreno.

El 20 de agosto de 1941 viajamos a Sevilla; allá se casaron el 26 de agosto, Arturo mi hermano mayor de 21 años, con Elvia Arango Duque de 17.

A Sevilla llegaron dos de los hijos mayores de Don Julio: Santiago y Noel, este último casado con Graciela Arias; llevaban su primer hijo Arnoldo de 8 meses. Todos los viajeros llegaron a Sevilla. Iba también don Alfonso Salazar quien por aquella época estaba soltero.

El 27 de agosto salimos para Armenia, Ibagué, Espinal, el Guamo y Saldaña. Pasamos por Chaparral. Ascendimos hasta La Herrera pasando por Rio Blanco y muchas veredas. Cruzamos ríos grandes como el Saldaña y el Anamichú y profundas cañadas; la que más recuerdo es la cañada El Cambray , con muchas cascadas y puentes colgantes, cañadas que teníamos a veces que pasar a pié con los caballos de cabestro; esta es la palabra correcta porque “cabresto” no es castizo.

Después de La Herrera pasando el río Hereje, llegamos a “Campohermoso”, a un lado queda San Jorge, finca de don Julio y al otro la finca de don Francisco, no recuerdo el nombre ….. creo que era “El Jardín” porque la separaba del resto del terreno la quebrada El Jardín. En esa quebrada que también bañaba nuestro terreno, Jaime y yo hicimos un charco para bañarnos y lo disfrutamos muchísimo. Mi hermano Jaime era tres años mayor que yo; él nació el 4 de enero de 1926 y yo el 12 de septiembre de 1929.

La parte de la hacienda que nos correspondía, no tenía casa; mi padre la escogió para hacerla a su gusto y el de mi madre. La familia se quedó en el pueblo mientras construían. Mi padre hizo los planos y la casa quedó muy grande y muy bonita.

Todo iba bien hasta que mi hermano Arturo y su esposa Elvia decidieron regresar al Valle del Cauca; allí tenían muchos amigos y familiares. Así, el 25 de septiembre de 1942, trece meses después de su matrimonio, regresaron al “Bosque” y mi hermano, que era buen mecánico manejaba las máquinas que Luis Abel había traído de Inglaterra y Suiza para procesar el trigo de sus grandes cultivos; todavía recuerdo la recua de mulas en la plaza de Barragán, cargadas con los bultos de trigo; salían para Sevilla y regresaban cargadas de remesa para las tiendas y las fincas.

Un mes después, el 30 de noviembre de 1942, mi hermano Jaime se escapó de la casa e intentó cruzar solo el páramo de La Hermosas, que ocupa los límites entre el Tolima y el Valle del Cauca. Muy angustiados, mi papá y yo salimos en su busca y lo alcanzamos en el refugio “El Auxilio”, antes de comenzar la travesía del páramo.

Al final del año, precisamente el 8 de diciembre 1942, antes de que Jaime se escapara de nuevo, con el permiso de mi papá, viajamos mi mamá, Jaime y yo. Nos sentíamos jóvenes, sanos y fuertes. Pero en realidad lo que mas fuerza nos daba, era el deseo de regresar.

Decidimos hacer el viaje cruzando el páramo de Las Hermosas; por aquella época, mucha gente hacía este viaje, y nosotros lo hicimos pensando que era que era un camino más corto y económico. Mi madre, Jaime y yo salimos desde Campohermoso el 8 de diciembre de 1942; ya te dije antes, mi madre a pesar de ser fina y de modales muy delicados, era una mujer muy valiente, fuerte y arriesgada. Siempre demostraba el temple de su raza. Preparamos las maletas con buenos abrigos y cobijas. Ella calzó sus botines de cuero; eran botas hasta la mitad de la pierna, zapatos adecuados para las largas caminatas por terrenos bastante difíciles.

Así llegamos hasta el refugio “El Auxilio”, desde donde comenzaba la travesía a través del páramo; nos unimos a una familia que llevaba niños. Nos dijeron que demoraríamos un día cruzando el páramo. Madrugamos porque teníamos que hacer el viaje con la luz del día. No podíamos ir a caballo porque hay muchos fangales y lagunas peligrosas. Teníamos que caminar con mucho cuidado. De repente comenzó la lluvia, todo se puso oscuro y creímos que era de noche; afortunadamente encontramos una choza y allí pasamos el resto del oscuro día y la larga noche. Dormimos abrazados a mi mamá para darnos calor.

Cuando llegó la luz del nuevo día y empezamos de nuevo a caminar, nos dimos cuenta que estábamos al lado de una quebrada a la que llamaban “El Purgatorio”, porque tenía las aguas rojas. Jaime y yo nos adelantamos hasta el refugio “Abelino”, al final del páramo, conseguimos café caliente en un termo y comida para mi madre que empezaba a sentirse cansada. Por fin llegamos todos al refugio y empezamos a descender por la ladera occidental del páramo hasta llegar a Florida en el Valle del Cauca. Allí nos enteramos que una familia que hacía la travesía del páramo, había perdido una niña de 10 años en medio de la niebla; la niña se extravió y la encontraron muerta y congelada, sentada junto a un árbol. Nos impresionó la noticia, pero continuamos el viaje.

De Florida a Pradera, Palmira, Tuluá y Sevilla. En Sevilla nos enteramos de que por el invierno, el camino de herradura para San Juan de Barragán estaba muy deteriorado y era peligroso ir a caballo; nos tocó hacer el viaje a pié. A las once de la noche llegamos a la hacienda “El Bosque” en medio de la sorpresa de mi hermana Ana Rita al vernos llegar tan embarrados. La buena comida y la cama limpia nos hizo saber que la pesadilla de ese viaje había terminado”



Así terminó el tío José Valentín, a quien todos le decimos cariñosamente “El tío Chepe”, su interesante historia, este primero de enero de 2010.

Nota del redactor; quienes quieran ver el páramo de Las Hermosas pueden utilizar el siguiente enlace: http://www.paisajesdecolombia.net/Hermosas.html

Quienes quieran ver a Herrera y el camino hasta el páramo de las hermosas pueden entrar en el siguiente enlace:

http://www.google.com.co/search?hl=es&source=hp&q=herrera+tolima&meta=&aq=0&oq=Herrera

domingo, 27 de diciembre de 2009

La muñeca de mi madre



La niña que está en la fotografía de la izquierda es Ana Rita Mejía Arango, de aproximadamente cuatro años. Lleva el collar de perlas de la tía abuela Luisa Arango Jaramillo.
Los tres niños son: Cecilia, Gilberto y Germán Arango Mejía.



Por: Cecilia Arango Mejía. Buga, diciembre 24 de 2009

Cuatro años tenía Ana Rita el 29 de diciembre de 1.920, cuando sus padres, como buenos paisas, aficionados a pasear, decidieron hacer un viaje a Buenaventura para conocer el mar.

Bajaron de la ciudad de Manizales situada en las laderas del volcán nevado del Ruiz. Cruzaron la parte plana del valle del río Cauca. En un planchón pasaron a la margen izquierda de este caudaloso río que avanza hacia el norte bordeando la cordillera occidental, hasta llegar a las llanuras de la costa norte de Colombia; allá inclina su curso para encontrarse con el majestuoso río Magdalena. El Cauca es el principal afluente del río más importante de Colombia: el río Magdalena.

La familia llegó a la Sultana del Valle, a Cali, la capital del Departamento del Valle del Cauca, hermosa y alegre ciudad de clima cálido y gente amable, cruzada por el rumoroso río Cali. De esta ciudad dijo nuestro gran poeta llanero Eduardo Carranza: “Cali es un sueño atravesado por un río”.

De Cali viajaron en tren hasta Buenaventura. Llegaron al Hotel Estación, elegante y antiguo hotel de esa ciudad. Este edificio es patrimonio histórico de Buenaventura, del Valle del Cauca y de Colombia, porque en él se ha hospedado durante muchas décadas, gente importante del Valle del Cauca y de Colombia.

El tren salía muy temprano de Cali y llegaba muy tarde a Buenaventura; era y es un viaje largo, subiendo desde el Valle del Río, trepando despacio y bordeando abismos hasta llegar a la cima de la Cordillera Occidental; luego desciende por entre la selva virgen, sin acelerar la locomotora, dibujando curvas peligrosas y cruzando puentes. Este lado de la cordillera tiene varios ríos y cañadas. El tren parece una enorme serpiente que baja por aquella espesa vegetación, buscando el Océano Pacífico.
Llegaron muy cansados por el largo viaje y el calor sofocante a nivel del mar en la zona tórrida. Se bañaron, cenaron y se fueron a dormir. Al día siguiente muy temprano, viajaron a La Bocana. Un pequeño barco cruzaba la bahía, la hermosa Bahía de Cascajal o Buenaventura, la mejor de Suramérica sobre el Pacífico. Este barquito los llevó de oriente a occidente; casi llegando a mar abierto desviaba su rumbo hacia la esquina norte de la bahía; allí se encuentran las playas de La Bocana, frente a la inmensidad del océano.

Cambiaron su ropa de viaje por el anticuado vestido de baño; el de doña Cecilia era un camisón de seda roja con arabescos negros; las magas al estilo japonés cubrían sus hombros. El escote moderado, la falda un poco larga, caía una cuarta abajo de las rodillas. Completaba singular atuendo un calzón bombacho de la misma seda, con elástico en la cintura y en el borde de la manga del pantalón que llegaba hasta la mitad de los muslos. Ella se sumergió y flotó por mucho rato disfrutando el vaivén de las olas. Cuando salió, el camisón húmedo dibujaba la esbelta y bien formada figura de la linda abuela. Por esa época tenía 22 años.

El vestido de don Bernardo: camiseta y pantaloncillos a la rodilla; las dos prendas tenían rayas horizontales negras y blancas; así lo usaban los actores del cine mudo. El también lucía guapo, buen mozo como decimos los colombianos. Su piel blanca, cabello y ojos castaños; fuerte y joven, tenía 28 años. Con el agua a la cintura, sostenía en sus brazos a la niña. Esta niña no tenía traje de baño, solamente llevaba sus pantaloncitos blancos.

Después del baño se sentaron sobre la arena; ella muy bonita, con la cara rosada donde se destacaban sus maravillosos ojos azules, azul de montañas lejanas; su cabello castaño, brillaba con los rayos del sol.

Mientras don Bernardo fue a conseguir el almuerzo, la madre y la niña jugaban con la arena. Luego fueron al kiosco para protegerse del sol, almorzaron pescado frito, arroz con coco y patacones.

Los tres no dejaban de mirar a la negra que sacaban el pescado de la sartén. Ellos sabían que existían personas muy oscuras pero en aquella época en Manizales, por el clima tan frío, no vivía gente negra. Se quedaron sorprendidos al mirar de cerca esa mujer tan negra como el carbón, con cabello como lana de oveja oscura pegada al cráneo, los labios muy gruesos dejaban ver dos hileras de blancos dientes; en sus ojos oscuros resaltaba la blancura de la esclerótica, esa membrana que cubre el globo del ojo; tenía las palmas de las manos y las plantas de los pies muy claros, casi blancos. Era gorda y alta. ¡Qué mujer tan rara! Rara para ellos.

Por la tarde regresaron al puerto y al día siguiente fueron al muelle y conocieron barcos de distintas nacionalidades. Cerca al muelle visitaron un sitio que parecía un mercado persa por la cantidad y calidad de mercancías. Allí consiguieron muchas cosas: vajillas para el café, con tacitas, azucarera y jarrita para la leche; jarrones y floreros, todo en fina porcelana china, porcelana casi transparente. También compraron cortes o piezas de seda para vestidos de doña Cecilia, sus hermanas y sus cuñadas. Dos cortes hermosos de crespón chino, color negro, para doña María Rita Jaramillo viuda de Arango y doña Ana Rosa Restrepo de Mejía; estas dos señoras eran las abuelas de mi madre. Allí también encontraron cascabeles para Arturito, el bebé de nueve meses que se había quedado en Manizales con la abuela materna.

Entre los detalles de las compras, había un kimono de seda negra, con un dragón, emblema chino, un dragón cuyo fondo era toda la espalda del kimono, esta figura finamente bordada en seda blanca. Ese kimono duró muchos años, yo alcancé a conocerlo; esta prenda tenía poco uso. En 1.940 el kimono tenía 20 años y aún lucía bonito y me gustaba; lo usaba para los disfraces.

De aquellas compras también conocí la muñeca de mi madre. Era una muñeca con cara, brazos y piernas color piel, fabricada en porcelana alemana. Tenía muchos vestidos que mi abuela y mi madre le cosieron. Llevaba medias blancas y zapaticos negros de charol. Su carita hermosa con mejillas rosadas, nariz recta, su boca graciosa entreabierta dejaba ver diminutos dientes de porcelana blanca; el cabello rubio como el de las damas de los cuadros de Tiziano, el pintor italiano que le dio tono dorado a los cabellos; por eso las abuelas decían: “tiene el cabello rubio Tiziano”. Los ojos de cristal verde aceituna bordeados de lindas pestañas, se abrían cuando la muñeca estaba de pié o sentada y se cerraban cuando la acostaban. Muñeca dormilona decían las niñas de mi época.

Mi abuela quedó fascinada con esa muñeca que tanto se parecía a su hijita; a pesar de que era costosa, la compraron. Mi madre la cuidó como si fuera su hija y la bautizó con el nombre de Ana Rita. Cuando yo era niña, me la prestaba con muchas recomendaciones porque era un gran recuerdo de familia; yo la prefería y la cuidaba más que a mis muñecas.

Mi abuela, mi abuelo y mis tíos Jaime y José Valentín nos visitaban con frecuencia y a veces se quedaban a dormir en mi casa. Una tarde, 29 de diciembre de 1.942, en la hacienda “El Bosque” celebraban el cumpleaños número 26 de mi madre. La familia estaba reunida; yo jugaba con mis hermanitos: Germán de 6 años, Gilberto de 5. Mi padre sostenía en sus brazos a Hortensia, “Tenchita”, mi linda y graciosa hermanita de 2 años, era la consentida de todos.

Libia María de diez meses, dormía en los brazos de mi abuelita; mi mamá servía el dulce cuando José Valentín, su hermano menor, de 13 años, jugando me quitó la muñeca y caminando de puntillas para no hacer ruido, se acercó a mi madre, sobre el hombro le colocó la muñeca para asustarla y lo consiguió; mamá hizo un movimiento nervioso, le dio un fuerte golpe a la linda muñequita que a pesar de tener 22 años seguía luciendo como una niña de cuatro. Con el golpe, la muñeca cayó al piso; como era de porcelana se volvió añicos.
Mi madre y yo, lloramos tratando de recoger aquellos restos que se llevaban lindos recuerdos. Mamá me dio permiso para enterrarla en el jardín junto al rosal de flores blancas. Germán, Gilberto y yo, le colocamos sobre la tumba muchas flores: rosas, hortensias, claveles, pensamientos, margaritas, lirios morados, violetas, etc. etc., una flor de cada planta de aquel hermoso jardín. La pequeña Hortensia miraba sorprendida, tratando de ayudar, sin comprender aquella extraña ceremonia.

Durante mucho tiempo sentía tristeza cuando recodaba la muñeca que se llamaba Ana Rita: la muñeca de mi madre.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Ramón Antonio Arango Mejía, teniente coronel.


El tío abuelo Ramon Antonio Arango Mejía (Hermano del abuelo Jesús María), era teniente coronel en la guerra de los mil días, en el batallón que tenía sede en Salamina. Soltero, No hay registro de descendientes. (No se consiguió fotografía del tío abuelo Ramón)

En el libro del Historiador y presbítero Guillermo Duque Botero “Historia de Salamina. Vida Cultural Siglos XIX y XX Tomo II” publicadopor la Editorial Kelly en 1976, figura la siguiente crónica sobre el tío abuelo Ramón Arango Mejía: “Teniente Coronel Ramón Arango Mejía.- Hijo de don Joaquín Arango Gómez y de doña Sara Mejía Toro".

En la importante obra: “Geografía Guerrera Colombiana”, por don Eduardo Riascos Grueso, leemos: “Llegó a Salamina un distinguido luchador liberal, de origen antioqueño, apellidado Uribe, quien andaba en actividades bélicas y luego figuró en las campañas de Cundinamarca y Tolima durante la postrera guerra civil. Experimentó algún contratiempo, con tal motivo llegó a la propiedad de don Joaquín Arango Gómez, situada en inmediaciones de Sabanalarga. Al manifestarle la pérdida de su cabalgadura y del dinero que llevaba para fines políticos, el señor Arango le cedió generosamente nueva caballería, y a la vez le auxilió con dinero para la continuación de su gira revolucionaria por territorio caldense. El Coronel Uribe agradecido, apuntó en la cartera el nombre de su benefactor y el de todos los hijos suyos. Sobrevino la contienda, y después del combate de Coyaima, en el cual Uribe fue uno de los vencedores, en su carácter de Jefe del Batallón, se dirigió a un joven de fisonomía simpática y atrayente, ensangrentado, y le dijo:

- ¿Cómo se llama usted?
- Yo me llamaba Ramón Antonio Arango.
- ¿Cómo que se llamaba, no está usted vivo?
- Si señor, pero como me han de fusilar…
- ¿Usted es hijo del señor Joaquín Arango, a quien conocí en Salamina?
- Si señor.
- Queda usted en libertad inmediatamente.
- No señor, fusíleme, bien se la orden superior.
- Ya dije a usted que está en libertad, y puede retirarse inmediatamente.

Así lo hizo el joven Arango. Este se expresaba en estos términos porque en el Tolima la lucha fue una verdadera guerra a muerte, pues no se daba cuartel a los prisioneros.

Transcurrió algún tiempo, cayó prisionenro el ya General Uribe en el combate de Tibacuy, y a semejanza de Arango, exclamó: que se me fusile. Reconocido enseguida por aquel vencedor en acción, se dirigió hacie al jefe liberal, diciéndole: “Amigo uribe, está usted en libertad. El General Gutiérrez es inexorable en las órdenes que da, pero la amistad también tiene sus fueros sagrados que respetar. Tome, usted, general, esta bestia y huya”.

En el mismo autor, leemos: “Combate de Coyaima, el 8 de junio de 1901. El nombre de Uribe era Juan Cancio, del ejercito vencedor. El comabte de Tibacuy, tuvo lugar el 27 de julio de 1900 y el vencedor en este hecho de armas, el general Pompilio Gutiérrez Arango”

sábado, 5 de diciembre de 2009

"Elvia"

Por: Cecilia Arango Mejía, 13 de noviembre de 2009


Elvia Arango Duque, 8 años
Ocho años y nueve meses tenía Elvia cuando murió su mamá el 20 de noviembre de 1932. El dos de febrero, día de la Virgen de la Candelaria, cumplió los nueve años. Seis meses más tarde, cuando solo tenía nueve años y medio, murió su papá, el once de agosto de 1933. Ella no quedó sola en el mundo, pertenecía a una familia muy grande, de ancestro antioqueño-caldense, familia que en la segunda década del siglo veinte, emigró a las tierras altas de Tuluá, Valle del Cauca.

Don Jesús María su padre, se había casado a los 18 años con doña Pastora Gómez Vélez de 16. Con Ella tuvo trece hijos. El enviudó a los 37 y Ella murió a los 35 al dar a luz a su última hija, quién le sobrevivió un mes. La sexta hija de este matrimonio, murió de 4 años, se llamaba Elvira y el segundo hijo, Néstor de 17 años, murió pocos meses después de morir su señora madre.

Así aportó Don Jesús María diez hijos a su segundo matrimonio con doña Delfina Duque Gómez, Ella tenía 22 años y El 38. Doña Delfina murió dejando 12 hijos, la última niña murió de 2 meses. La madre murió de fiebre puerperal, enfermedad que se declara después del parto.

Don Jesús María, quedó de nuevo viudo. A los 57 años era un hombre fuerte, simpático y de bonita presencia. Creo que aún tenía ánimo para un tercer matrimonio y otra docena de hijos. Desafortunadamente murió a causa de un accidente que lo dejó medio vivo, o mejor dicho medio muerto, porque se fracturó la columna a la altura de la cuarta y quinta vertebras de las siete cervicales. Solo podía mover la cabeza, pero hablaba con lucidez y buen humor. Así duró tres largos meses; su suplicio empezó el 30 de abril y murió en Manizales, el once de agosto del mismo año. Ciento tres días de sufrimiento para él y su familia, especialmente para Luis Abel, quién lo acompañó todo el tiempo.

25 hijos, 13 del primer matrimonio y 12 del segundo, con el siguiente orden: primero Aura Rosa, segundo Néstor (Murió de 17 años), tercero Jesús María, cuarto María Herminia, quinto Ernestina, sexto Elvira (Murió de 4 años), séptimo José Jesús, octavo Luís Abel, noveno Pastora Emilia, décimo Hernando, undécimo Elvira (Reemplazó el nombre de la niña que murió de 4 años), duodécimo Blanca Celia, décimo tercero Soledad, la última de su primer matrimonio.

De su segundo matrimonio el primero fue Ramón (Reemplazó el nombre del tío coronel, quién murió después de la guerra de los mil días), segundo Ana Julia, tercero Octavio, cuarto María Rita (Cuyo nombre reemplazó el de la tía Rita, quién murió en enero de 1918). Quinto Rafael Arturo, sexto Aurora, séptimo Elvia, octavo Roberto, noveno Heriberto, décimo Ricardo, undécimo Cristóbal, duodécimo Gilma, la última niña quien murió dos meses después de fallecer su mamá.

¡Total 25 hijos! Todos legítimos, como decían los viejos; ninguno fuera de los dos matrimonios de rito Católico.

De los 21 hijos vivos, dos del segundo matrimonio murieron solteros, Heriberto y Ricardo, no dejaron retoños que la familia conozca.


Las diez mujeres (Seis del primer matrimonio y cuatro del segundo) y los nueve hombres (Cuatro del primer matrimonio y cinco del segundo), se casaron por el rito de la Iglesia Católica; tuvieron muchos hijos, muchos nietos y biznietos y tataranietos. Es difícil saber cual es el total de los descendientes de don Jesús María, a pesar de que uno de sus nietos, Bernardo Mejía Arango, se ha dedicado a conseguir nombres, fechas, partidas de bautismo, cédulas, fotografías y muchos detalles más, gastando: “tiempo, trabajo y dinero” como dice una propaganda; también lo ha averiguado por internet, buscando por todo el mundo los sitios a donde algunos de ellos emigraron en busca de nuevos horizontes. Algunos se fueron desde mediados del siglo veinte; los descendientes de Hernando, casi todos son españoles.

Yo pienso que ese abuelo, mas que un fundador fue un poblador de este hermoso país y de algunos sitios del mundo……..


Don Jesús María también fue fundador, porque con sus hijos mayores, algunos parientes, amigos y paisanos colaboró con la fundación de San Juan de Barragán. Ellos construyeron la primera iglesia y muchas casas, algunas ya no existen.

Elvia era muy niña, pero ya comprendía la gran tristeza de perder a sus padres y ver a su familia separada. Sus hermanas adolescentes, Ana julia y María Rita con su hermanito Cristóbal de un año, se fueron a vivir con su hermano Jesús María y su esposa Clarita. Aurora, Elvia y Ricardo de 3 años a la casa de José Jesús y su esposa Cecilia. El resto de la familia, los cinco varones, se quedaron en la casa de Luis Abel. Ramón de 17 los cuidaba, mientras Luís Abel, de 28, viajaba a Manizales con su padre moribundo.

Elvia y sus hermanos, poco después de la muerte de doña Delfina Duque Gómez, su madre. Fila de arriba, de pié, de izquierda a derecha: Ramón, Ana Julia, Rafael Arturo,  Maria Rita, Octavio, Aurora, Elvia, Roberto. Fila inferior, sentados, de izquierda a derecha:  Heriberto, Ricardo, Cristóbal.

Cuando Luís Abel terminó la tarea de cuidar y luego sepultar a su padre, viajó a Cali a visitar a su primo segundo Don Bernardo Mejía Restrepo, casado con doña Cecilia Arango Jaramillo. Allá lo recibieron muy bien, con mucho cariño y atenciones. Cuando la adorable doña Cecilia supo la larga y triste historia del primo de su esposo, dijo amablemente: “Traigan a esta casa a una de las niñas, nosotros la cuidaremos”.

Y así fue. Luis Abel regresó a San Juan de Barragán y organizó a sus jóvenes hermanos y regresó a la casa de Don Bernardo y Doña Cecilia, sus futuros suegros, que ya vivían en La Cumbre. Desde el primer viaje, se enamoró de la hija mayor del primo de su padre…. y volvió a visitarlos, dejando (muy confiado) a Elvia, la menor de sus hermanas. Dos o tres veces fue a visitar a su hermanita, y también a la novia.

Elvia vivió con esta familia en La Cumbre, en Darién y en Restrepo, hasta julio de 1935. El 4 de julio de 1935 regresó a San Juan de Barragán con su hermano Luís Abel, su joven esposa Ana Rita y la bebita Chila de 3 meses. Por aquella época Elvia ya tenía once años. Toda la familia del segundo matrimonio de don Jesús María, fue a vivir con Luís Abel y Ana Rita: desde ese día esa sería la casa paterna de esta familia.

Cuando la pequeña Chila aprendió a conocer a sus seres queridos, amaba a sus tíos y tías como si fueran sus hermanos mayores. Esta niñita era la consentida de todos y Ana Rita la cuñada, fue tratada con mucho cariño y respeto, como si fuera otra hermana. Se repartían los quehaceres domésticos y por las tardes iban de paseo al campo, con fogata y comitiva. Los varones armaban columpio y todos se divertían mucho, pues todos eran jóvenes y alegres y la señora de la casa solo tenía 18 años, unos meses mayor que Ana Julia.

Poco a poco se fueron casando, todos muy jóvenes. Primero Ana Julia de 21 años y María Rita de 18, el mismo día 30 de julio de 1938; Ramón de 23 años, el 15 de enero de 1939. Aurora de 17 años, el 9 de agosto de 1939. Rafael Arturo de 20 años, el 15 de enero de 1940. Octavio de 22 años, el 10 de agosto de 1940.

Elvia no era una niña triste, jugaba, cantaba y reía, como todos los jóvenes de su edad. Tenía un carácter firme y altivo. En sus tareas demostraba mucho talento.

Cuando se casaron sus hermanas y se fueron a vivir lejos, a pesar de que quería mucho a Luís Abel y a Ana Rita, creo que se sintió sola, porque en aquella época en San Juan de Barragán, la gente se divertía poco; no bailaban y los amigos o novios tenían que pertenecer a una familia muy conocida. Las señoras y señoritas estaban dedicadas al hogar, al trabajo y a la oración. Los viernes iban al cementerio; era un paseo fúnebre, porque lo hacían recitando las oraciones para los muertos, repitiendo réquiems y Padre Nuestro hasta llegar al campo santo: todo invitaba a la nostalgia y llanto.

San Juan de Barragán está situado sobre una repisa de la cordillera central, de allí se baja por un declive suave hasta otra pequeña repisa donde está el cementerio. Mirándolo desde arriba con sus tumbas blancas y sus cruces negras, parece un tablero de ajedrez con las fichas en desorden.

Antes de llegar al cementerio se destacaba y creo que aún hoy existe, una casa grande, de teja española; alrededor varios pinos de un verde muy oscuro y más allá un gran cultivo de maíz, en temporadas verde claro y en otras amarillo ocre, cuando estaba las mazorcas secas. Esa era la casa de Don Jesús María y de doña Delfina. Allí nació y vivió Elvia hasta cuando murió su mamá y su papá vendió la casa. El dinero se esfumó en gastos de esa enorme familia, malos negocios del padre desconsolado y desorientado, otra vez viudo y sin saber como atender a su familia, con los problemas de la depresión económica de los años 29 y 30 del siglo 20.

Chila siempre acompañaba a su tía cuando iba al cementerio, a esos paseos fúnebres que organizaban las señoras devotas de las ánimas del purgatorio. A pesar de sus escasos cuatro años, caminaba a la par con los mayores. Para que descansara, algunas personas la llevaban en sus brazos por un rato, luego a caminar! Al paso de su tía.

Cuando Elvia divisaba la casona, prorrumpía en sollozos; lloraba como una niña que de despide de sus padres….. quizá los imaginaba allá en el corredor o en los jardines; lloraban hasta llegar a la tumba de la madre de Elvia y allí dejaban un ramo de lirios morados, muy bellos y abundantes en esa hermosa tierra.

Lirios morados


Yo soy Chila, la niña que acompañaba a su tía en los paseos fúnebres. Han pasado más de setenta años y aún se me contrae el corazón al recordar aquellos tristes sollozos de una joven que lloraba porque había perdido a sus padres.

En la navidad de 1940, regresó el tío Arturo, el mayor de los hermanos de mi madre. Venía de un largo viaje, casi dos años y lejos de la familia. Apenas tenía 20 años y era muy guapo como dicen los españoles y buen mozo como decimos los colombianos. Lo recibieron con mucha alegría. Arturo traía dulces y regalitos para todos, entre ellos una linda cajita de chocolates con una lámina hermosa de unos indios canadienses sorprendidos por un oso “grizzli” (Bella lámina que yo heredé y que aún hoy conservo). Arturo entregó la cajita a Elvia, quien la recibió con su cara roja por la emoción…. todos comprendieron que desde ese momento entre los dos jóvenes había atracción.

Elvia era bonita: su piel color perla, grandes ojos oscuros con pestañas y cejas negras, hermoso cabello ni liso ni crespo, oscuro y brillante. La boca pequeña, lindos dientes como los de toda la familia.

Arturo visitaba a Elvia todos los domingos, le llevaba dulces y detallitos; yo acompañaba a los novios durante la visita, mientras jugaba con mis muñecas.

En 1941 Arturo pidió la mano de Elvia. La ceremonia fue sencilla: reunión de la familia, mis abuelos paternos (Futuros suegros de Elvia), con Jaime de 15 años y José de 11. Ricardo y Cristóbal de 11 y 9 años, mis padres, mis tres hermanitos y yo.

Los novios se casarían en Sevilla, Valle del Cauca, y se irían con los suegros para el Tolima, donde mi abuelo materno compró una finca muy grande.

Mi padre selló la unión recordándole a Arturo el compromiso que adquiría al casarse con su hermana: “Quererla y cuidarla toda la vida”. Arturo dijo: “Claro que la cuidaré, porque la amo”. No se dijo más.

Mi padre viajó a Medellín; allá tenía negocios vendiendo parte del trigo. De regreso fue a Manizales a visitar a sus tías. Ellas le ayudaron a comprar el ajuar para Elvia. Compraron rollos de género para sábanas, sobresábanas y fundas blancas. Solo el blanco se usaba para ropa de cama. También compraron tela para ropa interior y sedas para algunos vestidos; dos especiales, uno color mandarina para la víspera de matrimonio y otro negro de seda importada, muy fina, para el vestido de la boda: al estilo Coco Chanel; era el que se usaba para que la futura esposa tuviera vestido para las escasas ceremonias, que casi todas eran de semana santa o el funeral de algún pariente o amigo; siempre estaban sobrias y elegantes.

Elvia Arango Duque y Arturo Mejía Arango, el día de su boda en sevilla, valle del Cauca, 26 de agosto de 1941


El vestido iba acompañado de zapatos muy finos de charol y un sombrero al estilo “pava”. En el escote cuadrado, dos boches de perla de fina fantasía. Elvia quedó muy linda con ese atuendo. Arturo también lucía muy bien con su terno oscuro: saco, chaleco y pantalón con rayitas grises. Así quedó esta bonita pareja en una fina fotografía de la época. Era el 26 de agosto de 1941, día de su boda.



Fin. Noviembre 13 de 2009
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Nota de Bernardo Mejía Arango, 17 de julio de 2010

Ayer 16 de julio de 2010, estuve en Barragán para reconocer la casa donde vivió y murió la abuela Delfina Duque Gómez, igual la casa donde nació Elvia, mi mamá. La casa de teja española a la que se hace referencia en esta crónica, estaba ubicada en la segunda repisa de la planicie inclinada donde está construido el pueblo. Desde el pueblo se sale hacia el oriente por la calle donde está la iglesia: hay un camino que otrora era la vía para ir al cementerio, por esa vía se llegaba una carretera estrecha llamada callelarga; girando hacia la izquierda hacia el norte, antes de llegar a un sito denominado "Puntabrava", hay una planicie, allí era la casa de teja española de la que habla Cecilia Arango Mejía en esta crónica: la casa ya no existe, lo mismo que el antiguo cementerio donde fue sepultada la abuela Delfina, el cual quedaba más allá de Puntabrava, antes de la desembocadura de callelarga en la vía al municipio de Sevilla; el cementerio se reemplazó por el actual, que queda más cerca del pueblo. El cementerio fue arado y sus muertos quedaron incorporados definitivamente a la tierra; vinieron del polvo y al polvo volvieron.