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sábado, 6 de marzo de 2010

LA HISTORIA OCULTA DE UN LIBRO



Las fotos corresponden en su orden a: Gabriel Arango Mejía, Joaquin Arango Gómez, Jesús María Arango Mejía, Luis Abel Arango Gómez y Cecilia Arango Mejía.

Por: Cecilia Arango Mejía.
Guadalajara de Buga, 28 de febrero de 2010

En diciembre de 1911 le envió don Gabriel Arango Mejía el libro de las Genealogías de Antioquia y Caldas a nuestro bisabuelo Joaquín Arango Gómez, con firma y dedicatoria. Don Gabriel Admiraba a nuestro bisabuelo porque él tenía afición por la filosofía, la historia y las genealogías. En varias ocasiones hablaron acerca de estos temas.

Don Joaquín conocía la historia de sus antepasados; la heredó de su padre y de sus abuelos, con orgullo de familia castellana, asturiana y vasca, en especial asturiana; era una herencia ancestral, repetición atávica.

Don Jaoquín desenredaba los parentescos de las familias de Salamina, Manizales, Medellín y los que por aquella época vivían en el Valle del Cauca: Cartago, Tuluá, Buga, Palmira, Cali. Los parientes y amigos le consultaban, especialmente cuando conseguían novio o novia, para saber de que clase de familia venía la persona con quien se iban a casar. Esta era una costumbre boba; lo critico desde mi punto de vista, porque pienso que la persona amada no vale para nosotros por su familia ni por sus títulos o por su posición social; interesa por su carácter y su valor como humano, y esto lo elegimos sin aprobación de otra persona… ¡Bueno! Así eran los abuelos; y estoy comentando las costumbres de otra época.

Don Joaquín, contento con el obsequio, lo colocó en el mejor sitio de su biblioteca. Allí estuvo el libro durante 19 años hasta el 17 de diciembre de 1930. Cien años después de la muerte de nuestro Libertador Simón Bolívar. Murió don Joaquín a la edad de 80 años. Había nacido el 8 de diciembre de 1850.

El bisabuelo don Joaquín dejó el libro con algunos consejos y su elegante firma, a su segundo hijo, Jesús María el mayor de los varones; la mayor de esa familia fue doña Ana Joaquina Arango de Echeverri. Para nuestro abuelo Jesús María, este libro siempre fue una joya de la familia y lo guardó con cariño y respeto hasta el último día de su vida.

Desde noviembre de 1922, doce años después de fundado el departamento del Valle del Cauca, nuestro abuelo vivía en San Bartolome de Tuluá. Seis meses después de enviudar por segunda vez, sufrió un accidente en Sevilla, Valle. Departía con unos amigos y con algunos de sus hijos mayores, cuando cayó el barandal de las gradas donde estaba recostado; se fracturó la columna a la altura de las vertebras cervicales. Esta historia ya la conté en la crónica “Elvia”.

Mi padre lo llevó al nuevo hospital de Manizales, para que pasara cerca de su familia los últimos días. Mi padre estaba joven, tenía buena salud, mucha fuerza y gran temple; podía fácilmente resolver las dificultades y por eso logró llevarlo desde Sevilla hasta la capital de Caldas, venciendo todos los obstáculos que se presentaban en el camino por aquella época. Lo llevó en camilla, en carro y en tren, hasta llegar a esa ciudad blanca, construida por titanes sobre las faldas del volcán nevado del Ruiz.

Por eso se llama “La Ciudad de las Puertas Abiertas”, porque están estas puertas abiertas para todo: para la civilización y para la gente; con caminos y carreteras hacia el norte y hacia el sur de la Cordillera Central, con caminos hacia el occidente comunicándose con el hermoso Valle del Cauca y el océano Pacífico. Hacia el oriente buscando el camino del río Magdalena y el oriente del país. Mirando hacia el cielo, tiene caminos hacia las nieves perpetuas del “León Dormido”, así han llamado a este volcán del Ruiz, porque está tranquilo y aproximadamente cada cien años se despierta, ruge y se sacude dejando destrucción. Pero algunos nietos y tataranietos de los titanes que fundaron Manizales se quedaron en su ciudad, son pocos los que se fueron.

En la madrugada del 9 de agosto de 1933, tranquilo como buen hombre creyente, con ese valor y esa fe que transmitió a sus hijos, nuestro abuelo Jesús María llamó a mi padre para decirle que se acercaba la despedida.

- Hijo, se acerca la hora de mi muerte. Quiero que le diga a sor Luisa Marie que consiga un clavel fresco y agua bendita para que moje mis labios cuando llegue el último momento. Llame al señor obispo monseñor José de Jesús Salazar para que por favor venga a aplicarme los santos óleos.

Después de una pausa continuó:

- Luis Abel, le recomiendo a mis hijos, todos los del segundo matrimonio. Usted sabe que los hijos de mi primer matrimonio todos están casados. Tienen su familia y sus obligaciones, solo usted está soltero, sabe trabajar y a pesar de la devaluación del año 29, usted conserva su patrimonio

Otra pausa y continuó:

- Hijo, no olvide que usted tiene un gran corazón y nos ha ayudado mucho… sobretodo me ha acompañado siempre… en estos momentos tristes, con tanto desconsuelo por mi segunda viudez… y esta agonía que por voluntad del cielo ha durado 103 días… y aquí está usted conmigo; por eso, confiado le pido que vele por mis hijos.

- Tranquilo papá – dijo mi padre- yo los cuidaré porque los quiero, porque llevan su sangre, porque me han demostrado su cariño y yo los he visto crecer. Trataré de guiarlos y ayudarlos.

Así, mi padre Luis Abel Arango Gómez, octavo hijo de don Jesús María Arango Mejía, el 9 de agosto de 1933, a los 28 años quedó convertido en “padre” de once hermanos, los Arango Duque, menores de 18 años. Fue una labor, una tarea difícil pero la cumplió.

Nuestro querido abuelo continuó hablando. Esos momentos difíciles los repitió mi padre varias veces y siempre lo escuché con lágrimas, me conmovía tanto amor de mi padre por su familia; con él aprendí a querer mucho a mis tíos y tías. Toda mi familia tiene un sitio especial en mi corazón.

Esta familia tan numerosa es de las pocas que continúan unidas, a pesar del modernismo, cuando la gente solo piensa en progresar, escalar posición social y avanzar en una forma individual… son pocos los que piensan en los demás, en la gente que los rodea. Pero yo se que en nuestra familia, la mayoría, con excepción de unos cuantos (Afortunadamente pocos)… siempre, ¡siempre! Están listos para ayudar a sus padres, hijos, hermanos, sobrinos y hasta amigos. Son muchas las historias lindas que tengo para contar en estas “crónicas”, con muchos testigos de esas buenas obras, una de tantas es esta:

“Mi tío Hernando contaba que en junio de 1922, a mi papá se le presentó una gran oportunidad de viajar a Inglaterra becado por la familia Rock & Will. Mr. William Rock y Mrs. Mary Beth Will. Luis Abel de casi 17 años era el secretario o algo así como el estafeta de correo de Mr. Rock; este puesto se lo consiguió su abuelo don Joaquín Arango con su amigo el ingeniero Mr. Rock quien llegó a Manizales con su familia para organizar unos parques y construir unas casas de los Arrubla, Isaza, Jaramillo, Palacio, Gutiérrez y Arango, gente adinerada y descendiente de los fundadores; ellos podían construir buenas casas al estilo inglés. Mr. Rock apreciaba y admiraba el talento y los buenos modales de este joven.

- ¡Es un Lord, un señor, un caballero! –decía el míster-además es muy inteligente. Y quiero que se prepare para que sean un gran ingeniero. Tiene madera, disposición para las matemáticas.

Como mi padre era menor de edad, Mr. Rock le pidió permiso a mi abuelo Jesús María para llevarlo a Inglaterra y él se hacía cargo de todos los gastos. Mr. Rock era muy conocido en Manizales y gran amigo de la familia. Así mi abuelo y mi bisabuelo estuvieron de acuerdo: Luis Abel viajaría a Inglaterra con la familia de Mr. Rock.

Pero sucedió algo terrible. En Julio de 1922 fue primer gran incendio de la ciudad de Manizales. El abuelo Jesús María quedó arruinado, se quemaron su casa y sus negocios. Quedó a la deriva con esta calamidad. Mi padre, con gran pesar, renunció a la beca que tan generosamente le daba la familia Rock y Will. Quería ayudar con dinero a su padre y optó por viajar con su hermano José, solo una año mayor que él; viajarían al Valle del Cauca. Sus amigos le decían que este Departamento tenía buenas tierras que necesitaban hombres jóvenes y fuertes para luchar y salir adelante.

En los primeros días de agosto los dos jóvenes viajaron al Valle, a nuestro Valle del Cauca; este sitio donde algunos creen que existió el paraíso terrenal. José de 18 años, los había cumplido el 7 de julio y Luis Abel próximo a cumplir los 17 el 5 de agosto”. Aquí empieza otra interesante crónica porque veo que me estoy apartando de la crónica de la historia oculta de un libro.

Retomando “la historia oculta de un libro”, decía que nuestro querido abuelo continuó hablando con su voz cansada y con muchas pausas:

- Luis Abel, no me quedan bienes materiales y mucho menos dinero. Usted sabe que con la ruina total del incendio del año 22 aquí en Manizales… y luego la crisis mundial del año 29… ahora estoy a un paso de la muerte y sin poder dejar algo a mis hijos… pero, para usted tengo un libro, vale mucho para la familia; usted lo ha mirado y consultado muchas veces, se llama “Genealogía de las Familias de Antioquia y Caldas”.

- Es un valioso legado donde está la tradición de nuestros antepasados. Fue un tesoro para mi padre porque tiene la dedicatoria de su pariente y autor del libro don Gabriel Arango Mejía; un hombre muy importante: historiador, fundador de la Academia Antioqueña de Historia en 1903. Miembro también de la Academia Nacional de Historia y de la Academia de Estudios Genealógicos de la Argentina.

- Don Gabriel viajó mucho a Europa y en España, buscó documentos en notarías, parroquias, etc. Es un hombre de letras, yo lo admiro mucho y lo aprecio. Ese libro tiene gran valor sentimental para mí. Tiene muchos consejos y la firma de mi padre quien también fue un hombre muy importante en Antioquia y Caldas…

A cada momento el abuelo hablaba más pausado, pero continuó:

- No puedo firmarlo, ni escribir consejos, usted sabe que estoy medio muerto desde el día de mi accidente… el libro lo dejé con mi hermana María del Carmen; ella sabe que desde el día de mi muerte usted sería el dueño de ese importante libro. Quiero que mis hijos y mis nietos conozcan nuestras raíces y sepan porqué nuestra familia es tan orgullosa, pues todas las partidas de matrimonio y nacimiento de nuestros antepasados están en las iglesias y notarías de Oviedo, Pravia, San Martín de Arango y la feligresía de Villagonzay en el Valle de Arango en España, lo mismo que en Bilbao, Santander, Pamplona en el país Vasco, parte y norte de España.

-También pueden buscar en la ciudad de Antioquia Vieja, en Medellín, Rionegro, Marinilla, Sonson, Salamina y Manizales en Colombia.

- Con la ayuda de este libro, don Gabriel, mi padre y yo pudimos encontrar el origen de nuestros apellidos, en el libro está subrayado lo nuestro. Mi padre era descendiente de los fundadores, conocía bien toda esta gente que ha poblado la Cordillera Central.

Mi papá cumplió los deseos del moribundo; llegó sor Luisa Marie, con el clavel y el agua bendita. Esta monja francesa era la superiora del moderno hospital de Manizales. Vino de Francia con otras hermanas de la Comunidad de San Vicente de Paul, las del hábito azul turquesa y la corneta blanca; ese sombrero blanco con alas almidonadas que parecen palomas gigantes y distinguen a las hermanas vicentinas.

Sor Luisa Marie apreciaba mucho a mi padre, a mi abuelo y a su familia. Les contaba historias del santo francés fundador de hospitales en París. También contaba historias de Francia, de la revolución, etc. etc. Por eso sor Luisa Marie consiguió rápido lo que el enfermo pedía y también llamó al Obispo de Manizales monseñor Salazar. Era difícil encontrarlo porque tenía mucho trabajo dirigiendo la construcción de la nueva catedral, ese gran monumento que se destaca en medio de las azules montañas. Esa catedral es uno de los monumentos más importantes de Colombia.

Monseñor aplicó los santos óleos a don Jesús María, colocó el aceite consagrado en la frente, en las palmas de las manos y en las plantas de los pies…. para borrar los rastros de la vida pasada. Rezó las últimas oraciones y parece que el abuelo murió muy tranquilo.

En el hermoso cementerio de la “Perla del Ruiz”, ciudad de algunos de nuestros bisabuelos, descansa don Jesús María, nuestro abuelo. Allá lo dejó mi padre en el mausoleo de la familia; su tumba rodeada de muchos monumentos, estatuas, ángeles y cruces de mármol blanco, contrastan con el verde de los pinos, cipreses y araucarias.

Después del funeral, mi padre visitó las familias de Salamina y Manizales. Su tía María del Carmen le entregó el libro de las Genealogías de Antioquia y Caldas. Con el libro, los buenos recuerdos y mejores consejos de su padre, regresó a San Juan para organizar a sus hermanos. Guardó el libro en un buen sitio y allí estuvo hasta el 2 de mayo de 1934, cuando se casó con mi madre Ana Rita Mejía Arango.

Durante toda mi niñez vi el libro muy cuidado, con los libros de mi madre. Para ella ese libro era de gran interés porque también tenía la tradición de su familia.

Lo leí y estuve varias veces conociendo muchas familias de Antioquia, Caldas, Risaralda, Quindío; Valle del Cauca y Bogotá. Aprovechaba todos los viajes y paseos para estudiar en las bibliotecas y centros históricos. Armé un árbol genealógico con un gran dibujo que mi padre y mi madre admiraron y esto me llenó de orgullo. Realcé los dibujos del libro con colores prisma-color, quedó muy bonito, a mi también me gustaba y quisiera mirarlo de nuevo, pero no sé donde quedó.

De mis antepasados heredé el gusto por las genealogías, la historia, filosofía y psicología y quizá heredé también las alergias a los libros viejos, los ácaros, el polvo, el moho, etc., y cada día que abría el “bendito libro”, la nariz se me hinchaba, los ojos se ponían rojos y llorosos, en la cara y las manos sentía escozor. Tuve miedo de una grave enfermedad. Sabía que existían virus, bacterias, infecciones, enfermedades contagiosas y empecé a pensar que ese antiguo mamotreto tenía una colección de enfermedades y tuve miedo de que fuera perjudicial para mí, para mi familia o para mis amigos que querían leerlo. Por aquella época no existían las máquinas fotocopiadoras y al copiarlo a máquina era posible que me contagiara antes de terminar la larga tarea de escribir con los índices, aún no sabía escribir a máquina.

Lo pensé muchas veces y un buen día, mejor digo “un mal día”, me levanté muy temprano, encendí una hoguera en el patio de atrás y allí quemé hoja por hoja el sagrado libro. Cuando terminé, me arrepentí, pero ya era tarde, el mal estaba hecho. Yo misma me consolé pensando: “esto estuvo bien, ¿que tal si alguien se contagia y pasa el resto de la vida con los ojos rojos y llorosos, la nariz hinchada y con escozor en la cara y las manos? ¡Yo sería la responsable!”

Me tranquilicé y no comenté nada en mi casa. Solo lo supieron algunos de mis amigos, amigas y compañeras del colegio. A los que les comenté esta historia oculta me decían:

- ¿Y porqué no me lo reglaste?
- Como iba a hacerlo-respondía- explicando: si pensaba que el libro era peligroso para mí, no se lo iba a entregar a otra persona. A mi me enseñaron que mal que no quieras para ti…. no se lo desees a nadie.

Esa era la regla de oro. Si lo regalaba, sería la responsable del mal que el libro contagiara.

El tiempo pasó y un buen día en el comedor de mi casa mi madre dijo:

-¿Cecy, donde está el libro de las genealogías? Quiero prestárselo a doña Esther de Salazar.
- Lo quemé.
- ¿Que dices? ¿Que pasó con el libro?
- Lo quemé mamá.
- ¡Lo quemé! Repitió mi padre abriendo al máximo sus ojos y levantando las cejas.
- Papá, recuerda que al leerlo se ponían rojos y llorosos mis ojos, mi nariz se hinchaba y sentía escozor en las manos y la cara. Yo creía que ese libro estaba contagiado de alguna infección.
-¡Esa no es una infección, es una alergia! ¡Tu alergia! -dijo mi padre visiblemente molesto- Debiste pensarlo antes de quemarlo. No leerlo más y ya. Problema terminado.
- Pero papá, yo creía que era algo grave.
- Debiste consultarlo.
- El libro era mío –dije para justificarme- tu me lo regalaste.
- Con mayor razón; yo te lo obsequié pensando en que te agrada la historia de los recuerdos de familia. Allí teníamos la firma de don Gabriel, la firma de mi abuelo (de mi papito Joaquín), además mi padre lo apreciaba como un tesoro de la familia; ese libro representaba la herencia de mi padre.
- Perdóname papá, yo pensaba que estaba obrando bien-repetí esas palabras avergonzada y arrepentida-.

Mi papá así lo entendió; además no era hombre de cantaleta. Daba fin a los problemas arreglando lo que se podía arreglar y olvidando lo que no se podía arreglar. Así nunca mas me molestaron con esa historia del libro de las genealogías. Todos sabían que yo sería la persona que más lamentaría la pérdida del libro.

Varias veces le hablé de ese libro a mi primer ahijado y primo Bernardo Mejía Arango; siempre me regañó por ese error y me obligó a escribir la historia oculta de este libro.

Ahora digo con el confiteor: "mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa. ¡Por mi gran culpa! "
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NOTA DE BERNARDO MEJIA ARANGO:

En 2003, cuando recién estaba finalizando la recopilación de datos y organización de lo mismos para la elaboración del libro "Genealogía de nuestras familias Mejia Arango y Arango Mejía", mi colega y amigo Alfredo Bohorquez Rios atendió mi encargo de buscar el libro en las librerías de Manizales; finalmente lo consiguió. La copia es de dos tomos y corresponde a la cuarta edición publicada en el año de 1993. Nuestros agradecimientos para Alfredo por su valiosa colaboración. La fotografía del libro que está en la parte superior de esta crónica junto con las fotografías de los personajes involucrado en esta, corresponde a uno de los tomos conseguidos recientemente.

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